Qué diabólico ha de ser un campo de golf para sacar de sus casillas a Scottie Scheffler, el número uno del mundo, un jugador robótico que apenas deja ver sus emociones, y mucho menos su frustración cuando (raramente) falla un golpe. Pero esto es el US Open, el grande más duro de la temporada, y esto es Oakmont, el trazado con más espinas en la rotación del Abierto estadounidense. Tan alto y frondoso es su rough, tan firmes son sus greens, que Scheffler estampa con rabia uno de sus hierros en la hierba, o golpea el driver contra la plataforma de salida. ¿Qué sucede? El hombre que habitualmente luce un asombroso control de las distancias para acercarse a bandera no se lo puede creer. Oakmont penaliza cualquier mínimo desvío, y si el mejor golfista del planeta pierde los nervios, qué no les pasará por la cabeza a los mortales.

Cada ronda se alarga hasta más de cinco horas y media de sufrimiento, una eternidad. No se trata de avergonzar a los mejores jugadores del mundo, sino de identificarlos, como reza el lema de este torneo. La falta de piedad del campo también la sufre en sus carnes Jon Rahm, que después de una primera jornada a salvo (-1), en la segunda ronda despierta a la bestia: +5 en el día con cuatro bogeys, un doble bogey y apenas un birdie para +4 en la clasificación general, lejos de la cabeza (Sam Burns con -3).