Desde hace mucho tiempo no suelo acudir a esa reuniones con punto exótico, en las que nunca falta alguna propuesta con aroma dadaísta, en las que algunos hablan como cotorras y otros mantienen un tono sepulcral, se aprueban presupuestos que casi siempre contentan a los administradores. Y hasta la próxima. Los problemas se resuelven democráticamente. O se empeoran. Se conoce a estas reuniones tan floridas y comunicativas como juntas de vecinos. Si logro recordar fecha tan trascendente puedo otorgar anticipadamente el voto a vecinos con los que mantengo duradera y gozosa amistad, que ejercen generosamente como mi tabla de salvación ante cualquier jaleo doméstico, que debido a mi torpeza ancestral me provocan tanto vértigo como desamparo.

Y a veces he pensado que esas juntas en nombre de la convivencia y del interés común entre los inquilinos podrían ser recogidas en un cortometraje o en una obra de teatro con duración limitada. Tampoco nos pasemos. Entre los inquilinos que se congregan allí hay de todo, lógicamente. Incluso personas educadas y sin afición al dislate. Gente con la que puedes intercambiar saludos convencionales o sentidos y también otra por la que sientes la misma grima o indiferencia que tú les provocas a ellos.