Poco se ha hablado del carril bici de la Diagonal de Barcelona, entre Girona y Glòries. En una ciudad donde el rediseño de una baldosa puede abrir secciones de los periódicos, donde cada novedad se disecciona en las tertulias de la radio, hemos estrenado un carril bici cojonudo… y ni mu. En breve cumplirá un año. Se adelantó unos meses a la puesta en marcha de la prolongación del tranvía. Mide entre cuatro y cinco metros de ancho, un lujo, una autopista ciclista. Lo malo es que la alegría solo dura dos kilómetros.

Alicientes, muchos. Uno, el ancho, ya citado. Dos, el desnivel de bajada cuando se va en dirección Besòs. Un divertimento con clímax en el tobogán que es el tramo de Marina a Lepanto. De subida, el repechón obliga a tirar de marchas cortas, pero oiga, nada fuera del alcance de cualquier ciclista urbano. Tres, la vegetación que lo flanquea en buena parte del trazado (veremos en verano sigue ufana). Súper instagrameable. Cuatro, bajar con el tranvía de compañero, un medio de transporte que nos da aires de país civilizado: si vas a toda leche, con los vagones al lado, te acuerdas de Ernesto, el chaval de la peli Un lugar en el mundo que entrenaba a su caballo galopando junto a un tren hasta ganarle.