Las Abuelas de la Plaza de Mayo le dieron a la genética la oportunidad de saldar una deuda con los derechos humanos. Tras un pasado oscuro a lo largo del siglo XX, en el que se usó para desarrollar la eugenesia, justificar el racismo y cometer genocidios, las Abuelas permitieron que esa ciencia se reivindicara. “La genética es una herramienta y, como cualquier herramienta, puede usarse para el bien o para el mal. Un martillo puede servir para construir o para matar”, me explicaba hace unos años la genetista Mary-Claire King, flamante premio Princesa de Asturias de Ciencia.

Así usaba ella ese martillo: “Nosotros empleamos la genética para construir hogares indestructibles que permitieran el retorno de los niños robados”. King compartía conmigo esas frases para un reportaje sobre el índice de abuelidad, el innovador instrumento que ella desarrolló cuando las Abuelas argentinas llamaron a la puerta de la ciencia en busca de solución para su problema: demostrar que un niño era su nieto, secuestrado por el aparato represor de la dictadura, cuando sus madres seguían desaparecidas.

En la década de 1980, antes de que se desarrollaran las pruebas modernas de ADN, este reto era mucho más complejo que una prueba de paternidad. “El mayor problema científico que enfrentaban las Abuelas —y, por lo tanto, yo también— era cómo obtener una prueba definitiva de la identidad de un niño cuando ambos padres estaban desaparecidos y dados por muertos”, argumentaba la genetista, implicada hasta hoy con la causa de los nietos y los derechos humanos en todo el mundo.