Hay un hilo cada vez más común entre la población más extrema y vulnerable de Irlanda del Norte, de la República de Irlanda o de la propia Inglaterra, esos territorios que llevan décadas haciendo trinchera de sus diferencias. Ese nexo es el odio al extraño.
La ciudad norirlandesa de Ballymena, que con sus apenas 30.000 habitantes es el séptimo núcleo urbano del territorio británico en la isla de Irlanda, lleva ya tres noches consecutivas, desde la del pasado lunes, con vehículos, neumáticos, contenedores y escaparates de comercios incendiados. Más de 30 policías han resultado heridos en los enfrentamientos con centenares de vándalos que se han lanzado a las calles a la caza de inmigrantes, a los que se ha respondido con cañones de agua y vehículos blindados.
Y la chispa de una violencia callejera que trae a la memoria de muchos las escenas de los troubles (la guerra sectaria que enfrentó a protestantes y católicos durante décadas) es la misma que saltó el verano pasado en la localidad inglesa de Southport, que se extendió más tarde por otras muchas ciudades; o la misma que agitó el centro de Dublín en noviembre de 2023: la sospecha de que un inmigrante estaba en el centro de un crimen aparentemente horrendo.










