Cristina Santurino se convirtió en una corredora imprescindible de la sierra de Guadarrama, un entorno que conocía al dedillo a través de entrenamientos kilométricos, la receta de la ultradistancia, una filosofía a la que dedicaba su vida. El vacío que deja tra...
s su fallecimiento este martes, el día que cumplía 36 años, en El Hierro, donde vivía desde hace unos meses, va más allá de sus puestos en pruebas cada vez más largas —estaba inscrita a una de 100 kilómetros esta misma semana—, tiene que ver, más bien, con su pundonor. Alguien que no tenía la técnica depurada de las profesionales, pero sí su espíritu. Será recordada por llegar a meta con las rodillas ensangrentadas, pues no se contenía en las bajadas y tenía el mal hábito de no poner las manos y caer con las rodillas. Heridas de orgullo para una mujer inquebrantable.
A post shared by HOKA (@hokafans_iberia)
Todo empezó cuando Pedro Bianco, entrenador, descolgó el teléfono: “Quiero preparar una carrera de montaña”. Cristina tenía un dorsal para el TP 60 de Peñalara. A él no le sobraba el tiempo, pero aceptó. Y acertó. Su nueva pupila no tenía bagaje en el trail, pero había corrido maratones de asfalto y su genética era buena. “Joder si tenía motor, era un animal”. Una infancia muy deportiva, con mucho esquí, para luego adentrarse en los triatlones. “A partir de ahí se dedicó de lleno a las carreras, empezó a ganar, se hizo quien fue y le empezaron a buscar las marcas”. Le patrocinaba Hoka, la encargada de anunciar su fallecimiento.






