Allá, en esa España que denominan vaciada, en aquellos municipios fantasmales y desiertos que cruzas con el coche o divisas en lontananza, hay vecinos que están semanas sin verse. No es por antipatía, sino por no tener donde sentarse, mirarse y hablarse. Porque un bar, en el medio rural, deja de ser un mero dispensador de cafés o cañas, para mudar en un espacio de cháchara, debate, risa o llanto. Es el corazón y, cuando se para, el pueblo muere.

Aquí lo crematístico, en la mayoría de los casos, carece de importancia. Lo que se persigue es una rentabilidad social, y lo saben las personas que, detrás de la barra, acompañan el lento paso del tiempo sin que la caja trabaje. Normalmente, echan el cierre antes la tienda de ultramarinos o la panadería, por lo que, si también se pierde el bar, destaca Israel Gómez, sociólogo y miembro de la Asociación Profesional de Sociología de Castilla y León (SOCYL), “solo quedan las ceremonias religiosas y la misa de los domingos”.

Ya sucede en multitud de municipios de Castilla y León, comunidad que es alumna aventajada en albergar pueblos exánimes. Según el informe Contribución del turismo al desarrollo territorial de España, elaborado por Analistas Financieros Internacionales (AFI) y Competur, el 34% de los municipios de esta autonomía no tienen bar (baja al 16% en el conjunto del país); el 43% solo tiene uno (33% en España), y el 23% (51%) dos o más. Entre las cinco provincias españolas con más municipios sin bar, solo hay una que no sea castellanoleonesa: Guadalajara, que se cuela en el segundo puesto.