No hay la menor posibilidad de que no ocurra lo que ocurrirá sin duda, y es que todos vamos a acordarnos varias veces al día de que hace 50 años Franco se murió por fin (para algunos de forma claramente prematura). Pero se murió también una cuanta gente más, alguno con el poder desatado de la extorsión sistémica y franquistamente protegida, como es el caso de José María Escrivá de Balaguer, fundador de una de las sectas más poderosas y destructivas de la España contemporánea, el Opus Dei. Pero entre los muchos muertos que debió haber aquel bendito año de gracia hubo otros dos de particular relevancia, Luis Felipe Vivanco —delicadísimo poeta, arquitecto sin trabajo, diarista excepcional aun secreto en su mayor parte— y Dionisio Ridruejo.
No eran ya en el momento de su muerte en 1975 lo que habían sido tiempo atrás, durante la guerra, en plena posguerra y al menos durante los veinte años largos que duró en condiciones extremas. Hoy tendemos a reducir el franquismo al Seat 600, las primeras neveras, la pachanga de Los Brincos o la contagiosa La La La pero la primera mitad del régimen (dos décadas tremendas) fue la base que hizo del país una comunidad cuajada en el miedo, la prepotencia exhibicionista de los vencedores, el terror de Estado como oxígeno diario, la hipocresía estructural, la mentira como cemento armado civil, la venganza programada en forma de gigantescas y masivas cancelaciones (diríamos ridículamente hoy) y la corrupción política, económica y judicial a escala tan honda que de tan honda parecía normal y rutinaria como la salida del sol, rezar en la escuela (y en todos lados), maltratar sin miedo a los homosexuales o pegar todavía con menos miedo a la mujer (por eso tuvo tantísimo tino Miguel Lorente al titular Mi marido me pega lo normal, el libro que abordaba de frente esa violencia que a nadie se le ocurría que era violencia. De hecho, la milagrosa novela Tiempo de silencio, de 1961, incluye no menos de media docena de palizas a mujeres como hecho meramente conseutidinario…)






