En estos días en los que la primavera se encuentra ya entre nosotros, muchos de mis antiguos oyentes recordarán cómo solía unirme al coro de aves para sumergirme en el canto primaveral y descubrir su influencia en la música. Hoy, alejado ya de las ondas radiofónicas, manifiesto, por medio de estas notas, mi admiración hacia las aves y me uno a ellas entonando un sonoro elogio de los pájaros....
Su capacidad para volar, “caminar por el aire” lo denomina Sebastián de Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana (1611), su colorido, su omnipresencia, sus hábitos y sobre todo su melodioso canto convierten a las aves en unos seres fascinantes que han llamado la atención de los humanos desde que comenzamos a compartir nuestra existencia.
Numerosas tradiciones, religiones y manifestaciones artísticas rinden tributo a las aves, desde el Espíritu Santo en forma de paloma en la tradición cristiana hasta las plumas de ganso utilizadas por Cervantes para escribir el Quijote, o la invención de la letra griega ypsilon (Y) ideada por Palamedes, según la tradición, tras contemplar el vuelo en formación de un bando de grullas.
Cuando mirlos, cucos y ruiseñores proclaman la primavera, es bueno recordar cómo el canto de las aves ha servido de inspiración a multitud de músicos. Algo más evidente en los tiempos antiguos, en épocas en las que el paisaje sonoro que envolvía la vida en pueblos y ciudades estaba constituido por sonidos naturales: cacareos de gallinas, relinchos de caballos, el canto del gallo, balidos de ovejas, ladridos de perros; asnos rebuznando, mugidos de vacas y bueyes, voces de vendedores ambulantes, el rítmico traqueteo de un carro sobre el empedrado, canciones de segadores, toques de campanas y junto a todo ello el alegre gorjeo de ruiseñores, currucas y mirlos además del parloteo de golondrinas y el crotoreo de cigüeñas. En este entorno sonoro que rodeaba a las personas, el canto de las aves se transformó en el canto de los humanos: la música.






