Año tras año, desde hace dos décadas, entierro en un rincón del jardín las aves que encuentro muertas, añadiendo una pequeña ceremonia

No parece el momento más adecuado para hablar de pájaros y muerte en estos días en que se celebra, con todo el entusiasmo y la alegría del mundo, el Delta Birding Festival, la popular feria de observación de aves del delta del Ebro (en la que por supuesto me encuentro), pero las cosas pasan cuando pasan y el otro día hallé un petirrojo fallecido bajo una ventana de mi casa en Viladrau. Era evidente que la avecilla había chocado contra el cristal: unas plumitas de su frente habían quedado pegadas en la superficie transparente como la peluca rubia platino ensangrentada de aquel tipo que fallece imitando el terrible accidente mortal de coche de Jane Mansfield en la versión cinematográfica de David Cronenberg de la tan morbosa Crash de J. G. Ballard (que por cierto ahora republica Minotauro). Pensando absurdamente a la vez en cómo se le reventó la parte superior de la cabeza a la turgente actriz (aunque en contra de la leyenda no quedó decapitada) y en el dicho de Blake de que el sufrimiento de un petirrojo enfurece a todo el cielo, tomé el cuerpecillo en mis manos, certifiqué que estaba muerto y bien (mal) muerto y procedí a su sepelio.