Alemania, en tiempos de desconcierto, y de avance de la extrema derecha, busca una brújula, y Thomas Mann se impone como el clásico que puede dar respuestas, el más contemporáneo. “Su mensaje es que la democracia, una vez que se ha alcanzado, solo va a permanecer cuando nos comprometamos en ella y por ella, y la defendamos”, proclamó este viernes el presidente federal, Frank-Walter Steinmeier, en una iglesia de Lübeck, la ciudad donde Mann nació el 6 de junio de 1875, hace exactamente 150 años. Su eco se escucha más fuerte que nunca. Ya no solo como el literato, el filósofo, el esteta, el autor de La muerte en Venecia. También, y sobre todo, como el escritor político, un intelectual complejo que llegó al antifascismo después de dejarse seducir por el nacionalismo. Una conciencia alemana, y europea.

En el templo luterano de San Egidio, mientras Steinmeier hablaba de Mann, resonaba la convicción de que los clásicos tiene cosas que decirnos, de que una sociedad desacralizada puede hallar en ellos algunas respuestas. Ahí estaban los notables, los estudiosos, los ciudadanos. Podría ser una escena de Los Buddenbrook, su primera novela, donde narró el declive de una familia, la suya, y retrató una ciudad de la que queda el skyline de torres medievales y el orgullo hanseático, un mundo de senadores y cónsules, comerciantes y burgueses que se sentían más cerca de Ámsterdam, Londres o hasta Valparaíso, que de Múnich o Berlín. Algo queda de aquel orgullo, que ahora es el orgullo por su hijo más ilustre, aunque a la ciudad le costó reconciliarse con él. El retrato era demasiado realista. Algunas familias —dicen aquí— no lo ha olvidado. Lübeck es la Vetusta de Alemania.