Escaneo masivo y no autorizado de las redes sociales. Análisis de datos biométricos, de renta, salud o seguridad social. Intervención de comunicaciones telefónicas. Geolocalización a través del móvil. Seguimiento de trayectos en coche mediante lectores de matrículas. Desde que Donald Trump volvió a la Casa Blanca, el Gobier...
no de EE UU está usando estas y otras herramientas basadas en inteligencia artificial (IA) para fiscalizar y perseguir sin autorización judicial a miles de personas, mayormente inmigrantes, extranjeros de paso o estudiantes. En los últimos cuatro meses, Trump y su hasta ahora consejero estrella, el magnate Elon Musk, han acelerado de la mano del sector privado la construcción de un estado de la tecnovigilancia masiva del que, por primera vez en la historia, Washington saca pecho en vez de negar su existencia.
“La vigilancia en EE UU no empezó con Trump, ni concluirá cuando este deje la Casa Blanca. Los cimientos del actual estado de la tecnovigilancia se establecieron durante décadas, con apoyo bipartidista a políticas que normalizaron prácticas invasivas en la aplicación de la ley, en el ámbito militar y en el control fronterizo”, explica a EL PAÍS la activista por los derechos civiles bareiní Esra’a Al Shafei, que lleva años estudiando este asunto. “Este sistema se alimenta de grandes presupuestos destinados a agencias de inteligencia, así como de proveedores privados, todo bajo el pretexto de la seguridad nacional y la prevención del delito”, describe. Empresas como Palantir, Anduril o GEO Group están aportando a Washington herramientas digitales para construir toda esta infraestructura de la vigilancia.






