A raíz de mi último artículo publicado en este periódico, en el que manifesté mi convicción de que el tenis necesitaba realizar ciertos cambios, se me instó a que los desgranara en este escrito. Vaya por delante que mi manera de pensar no me lleva tanto a proponer cambios para ver qué sucede, sino más bien a plantearme qué tipo de juego y espectáculo sería conveniente ofrecer, para a partir de aquí buscar las modificaciones que me permitan llevarlos a cabo. Yo parto, además, del convencimiento de que el deporte, como cualquier otra actividad, debe adaptarse a la nueva realidad que el mundo actual nos depara.

Si, como consideración previa, entendemos que tanto las dimensiones de la pista como sus reglas se fundamentaron en la morfología de los practicantes de antaño y de los materiales que estos tenían a su disposición, es lógico pensar que si estas últimas son distintas, aquellas también lo deberían ser.

Yo pienso que los cambios deberían atender a dos necesidades diferentes, aunque invariablemente ligadas entre sí: por una parte la del juego en sí, y por la otra, la calidad de sus competiciones.

En cuanto a la primera, estamos comprobando desde hace ya unos años el trasvase paulatino de practicantes que van abandonando el tenis y se decantan por otros deportes de raqueta como el pádel o el pickleball. La razón es muy simple. Nuestro deporte es demasiado difícil de aprender. El mundo actual demanda facilidad, inmediatez y diversión. El tenis no responde a ninguna de las dos primeras y sólo concede la tercera después de dedicarle mucho tiempo y empeño.