Mientras conversábamos sobre la derrota de la selección argentina, la atención no quedó centrada únicamente en el resultado. Lo que más nos sorprendió fue el contraste entre el rendimiento exhibido en ese partido y la identidad futbolística que el equipo forjó durante los últimos años. Más que la derrota en sí, desconcertó cómo ésta se produjo. A diferencia de los anteriores encuentros, desapareció la capacidad para modificar el desarrollo del partido cuando el plan inicial dejaba de funcionar. El desgaste físico acumulado, las bajas por lesión y algunas decisiones del cuerpo técnico parecían ofrecer una interpretación razonable. Sin embargo, mientras repasábamos el encuentro, esas razones empezaban a resultarnos insuficientes. Durante gran parte del partido Argentina no logró imponer la presión sobre la salida rival y mostró dificultades para enlazar pases y construir asociaciones que le permitieran progresar en el campo. El equipo quedó sin ocupación eficaz de los espacios y con escasas variantes para alterar una dinámica claramente desfavorable. Entonces comenzaron a aparecer otras preguntas. ¿Hasta qué punto determinados escenarios deportivos conservan una memoria simbólica de derrotas anteriores? ¿Cuánto pesan las trayectorias compartidas, las historias personales o los vínculos construidos en el fútbol europeo? Tal vez el rendimiento de un equipo no dependa únicamente de la preparación física o del planteo táctico. Quizás también pesan fuerte las dimensiones emocionales, simbólicas, expectativas de futuro e incluso inconscientes que también intervienen, aunque permanezcan invisibles para las estadísticas y el análisis convencional.