Durante mucho tiempo las desigualdades sociales fueron analizadas casi exclusivamente a través de variables económicas. Los ingresos, el empleo, la pobreza o el acceso a bienes materiales siguen siendo indicadores imprescindibles para comprender las condiciones de vida de una población. Sin embargo, existe otra dimensión menos visible, pero igualmente determinante: cómo esas condiciones afectan la manera en que las personas viven, proyectan su futuro y perciben sus oportunidades. Nuestros datos más recientes muestran que, aunque algunos indicadores macroeconómicos comenzaron a estabilizarse durante 2025, esa recuperación todavía no se refleja con la misma intensidad en la vida cotidiana de las personas. La incertidumbre, el estrés y la vulnerabilidad continúan marcando la vida cotidiana de los argentinos y argentinas. La explicación no reside únicamente en la falta de ingresos. La pobreza constituye un estresor crónico. La necesidad permanente de resolver problemas inmediatos consume recursos psicológicos, reduce la capacidad para planificar el futuro y deteriora la percepción de control sobre la propia vida. En otras palabras, las desigualdades materiales terminan convirtiéndose también en desigualdades en salud mental.

Un informe del IDECBA muestra que la pobreza multidimensional subió en la Ciudad de Buenos Aires entre 2021 y 2025, aunque bajó la pobreza por ingresos. La medición registra…

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