En Europa no hay un país que imponga sus reglas a los demás: la UE es una suerte de mosaico donde todo se decide de forma democrática. Hasta aquí la teoría. La realidad que dejan entrever las decisiones finales que adopta la UE (desde la política agraria común a las reglas fiscales, pasando por los impuestos a los coches chinos) es que en Bruselas hay países que tienen mucha más autoridad que otros. Alemania es uno de ellos y por eso sus reformas y movimientos deben ser interpretados como algo más que una decisión a nivel nacional, puesto que lo que se hace allí puede que sea lo que tengamos que hacer aquí también, más pronto que tarde.