En el ideario de la mayoría de las personas, las guerras cesan por convicción, pero en la vida real muchas de ellas se han detenido porque el costo es mayor de lo que se esperaba y con beneficios cada vez más limitados. Eso parece estar ocurriendo de nuevo para Estados Unidos frente a Irán y el posible acuerdo de paz que se ha anunciado, más no ratificado, desde el pasado 14 de junio. En política internacional, los acuerdos casi nunca llegan por convicción moral o ética. Llegan cuando las partes hacen cuentas, miden daños y pérdidas, calculan riesgos y entienden que la fuerza, por sí sola dejó de alcanzar para ordenar la realidad. Washington e Irán se sientan a negociar después de comprobar que la guerra podía seguir, pero cada día con menos utilidad y más costos. Estados Unidos mantendrá sin duda alguna su superioridad militar para volver a golpear, destruir, presionar e influir. Pero la historia reciente ha mostrado, una y otra vez, que ganar en el terreno militar no necesariamente equivale a triunfar políticamente. Prolongar la confrontación implicaba, al menos para Washington, abrir demasiados frentes al mismo tiempo, energía más cara, mercados inestables, presión inflacionaria, dudas entre aliados y el riesgo de una guerra regional de consecuencias imprevisibles. Así, desde la cúpula de la Casa Blanca, el conflicto dejó de medirse solo en términos militares cuando empezó a tocar el petróleo, las rutas marítimas y las expectativas económicas globales. Irán, por su parte, llega golpeado, pero con mucha presencia en el mapa geopolítico de la región. Su apuesta nunca fue vencer militarmente a Estados Unidos, una tarea improbable, sino demostrar que una victoria de sus adversarios podía resultar demasiado cara. Ahí apareció el Estrecho de Ormuz, paso por el que circula energía, seguros marítimos, transporte, inflación, decisiones financieras y estabilidad de gobiernos que están muy lejos del Golfo Pérsico. Lo que ocurre en ese estrecho puede sentirse en el precio de los combustibles, en los alimentos, en el transporte y en la vida cotidiana de millones de personas que no tomaron ninguna decisión sobre la guerra. El acuerdo nuclear de 2015 mostró que cualquier arreglo con Irán necesita tres cosas: verificación seria, alivio económico y garantías políticas. Cuando una de esas piezas falla, el acuerdo se vuelve frágil. La Crisis de los Misiles en Cuba enseñó que incluso las grandes potencias negocian cuando el riesgo se acerca al desastre interno. El armisticio de Corea recuerda que una guerra puede detenerse sin que el conflicto desaparezca. Pero más adelante la prolongación cruel e innecesaria de la guerra en Vietnam demostró que siempre una paz “imperfecta” es mejor porque puede salvar vidas y no deja heridas profundas. Por eso, este posible acuerdo debe leerse sin triunfalismo. Sin duda será importante, incluso indispensable, y al mismo tiempo insuficiente. En el mejor escenario, permitirá reducir ataques, reabrir Ormuz con garantías, bajar la presión sobre el petróleo, abrir una negociación nuclear verificable y contener tensiones en otros frentes regionales. Ese escenario tendría efectos concretos, menos familias bajo amenaza, menos desplazamientos, menos miedo, menos presión económica sobre poblaciones que han vivido entre sanciones, inflación, ataques y duelo. El peor escenario también está a la vista. La tregua puede volverse una pausa táctica. Las partes podrían usar los próximos meses para reorganizarse, endurecer posiciones o trasladar la confrontación a terceros actores. Israel podría mantener presión militar en el Líbano e insistir con Hezbollah y otras fuerzas regionales que podrían tensar la implementación y convertirla en una tregua. El tema nuclear regresaría con más fuerza y seguir con la desconfianza de las verificaciones. El escenario más probable parece ubicarse en un punto intermedio, menos guerra abierta, más diplomacia condicionada, mercados parcialmente aliviados y una rivalidad estratégica que seguirá viva. Esa no es una mala noticia. A veces, en política internacional, ganar tiempo también salva vidas. El problema aparece cuando ese tiempo se desperdicia o se usa sólo para preparar la siguiente escalada. Desde México y América Latina, este conflicto no es lejano. La crisis en Ormuz logró sentirse en el transporte, en las cadenas de suministro e incluso en el bolsillo de familias que probablemente ni conozcan de geopolítica. Por eso la defensa de la solución pacífica de controversias, la no intervención, el derecho internacional y la diplomacia conserva pleno sentido, pues representa una forma práctica de proteger a las sociedades frente a guerras decididas por otros, pero pagadas por muchos. Cuando la guerra se vuelve demasiado cara, la diplomacia encuentra espacio. No siempre por generosidad de los actores, sino porque llega un momento en que seguir destruyendo amenaza incluso a quienes creían poder administrar la destrucción. Ahí, justamente es dónde la política debe entrar para que una pausa no sea sólo descanso entre drones y cañones, sino el inicio de una nueva realidad geoespacial. Académico Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

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