Ni los avances tecnológicos ni el crecimiento de los ingresos globales están siendo capaces de frenar el cambio climático. Las altas temperaturas no se han reducido desde 1960; al contrario, los veranos son cada vez más largos y los inviernos más suaves y con menos precipitaciones, una tendencia que ya está teniendo consecuencias económicas y sociales de enorme magnitud.