Resulta difícil discernir las razones que llevaron a Claudia Sheinbaum a aventarse un TACO (Trump siempre se raja) entre domingo y lunes a propósito del supuesto injerencismo estadounidense en México. En el Monumento a la Revolución acusó al gobierno vecino de utilizar a México para fines electorales dentro de Estados Unidos, y buscar lo mismo en los comicios mexicanos del 2027. Más allá de lo erróneo de ambas acusaciones —ya explicamos cómo México no pinta en la campaña electoral norteamericana hoy, y lo último que busca Trump es apoyar al PRI, al PAN y a MC en el Congreso— la pregunta es pertinente: ¿Por qué reculó? Uno de los posibles motivos radica en las consecuencias de un pleito callejero con Estados Unidos para la relación entre el empresariado y el gobierno. Desde los años veinte del siglo pasado, el sector privado se ha molestado cada vez que los sucesivos gobiernos del PRI, y luego del PAN, se confrontaron con Estados Unidos. Obregón lo entendió, negociando los Acuerdos de Bucareli; Calles al pactar con Dwight Morrow el fin de la guerra cristera, Lázaro Cárdenas al mantener su buena relación con Roosevelt incluso cuando la expropiación petrolera y el intento de embargo de Morgenthau, López Mateos sí cruzó la línea con su apoyo a la revolución cubana pero rápidamente corrigió durante la crisis del Caribe. Echeverría generó malestar en el empresariado por muchas razones, pero una de ellas fue su retórica tercermundista y las acusaciones de “comunista” por congresistas estadounidenses. López Portillo contribuyó a la corrida de abril de 1982 con su viaje a Managua en febrero para apoyar a los sandinistas, contra la recomendación de su secretario de Relaciones Exteriores. Y muchos empresarios aconsejaron a Fox de no oponerse a la invasión de Bush a Irak en 2003.Tal vez ya no sea el caso que la embajada de Ciudad Slim funja como la principal asesora al empresariado mexicano. Y quizás una parte de nuestros magnates y medianos hombres de negocios ya no reciben “línea” de Washington, directamente o a través de sus homólogos norteamericanos. Pero no tengo la menor duda de que el discurso del domingo, con todo y la retracción parcial del lunes, seguida del regaño al embajador Johnson el martes, haya provocado un agudo malestar en el seno del sector privado, y no solo de Monterrey. Nuestro empresariado posee demasiados intereses en y con Estados Unidos, legítimos, lógicos y productos de la geografía, de la historia y de las políticas públicas del Estado mexicano por lo menos desde el Porfiriato. Incluyen mercados de exportación, visas, escuelas o universidades para sus hijos, créditos, vacaciones y residencias secundarias, inversiones cuantiosas, asociaciones de todo tipo, e incluso vínculos familiares. Saben bien que todas ellas dependen hasta cierto punto, y en una medida u otra, de una relación fluida, amable y constante de Palacio Nacional con Washington. Dichos intereses han sobrevivido a muchos altibajos, pero insisto: no recuerdo un momento tan tenso y multifrontal como el de hoy. Muchos empresarios preferirán guardar su incomodidad y callarse, votando con sus pies, ya no con fugas de capital, pero sí con inversiones fuera o estancias en otros países. Algunos, los más sinceros y elocuentes, seguramente sabrán cómo compartirle a Sheinbaum su molestia, y su desacuerdo.Sobre todo, que no parece existir ninguna explicación sensata del enojo presidencial con los “colaboradores de ultraderecha” de Trump. Se conocen bien los nombres de los interfectos; es obvio que entre ellos y Trump no impera la menor distancia. Y con Trump, los asuntos van efectivamente muy mal, pero es imposible comprender cómo van a mejorar a base de gritos y sombrerazos.Ni gracias a algunos malentendidos propios de la trayectoria política y personal de Sheinbaum. Declaró el lunes algo que en otras personas sería visto como un saludo a la bandera, un poco pueril, pero en su boca detona el temor de constituir un pensamiento transparente y honesto. Dijo: “¿Por qué creer más en las instituciones de justicia de Estados Unidos que de México?” Se me ocurren unas doscientas respuestas, pero me limitó a dos. Según ella misma, hasta la elección de jueces, magistrados y ministros, la administración de justicia en México era un desastre. Ni Arturo Zaldívar sostendría que en menos de un año ya contamos con un poder judicial comparable al norteamericano. Y segundo: desde el TLCAN, siete presidentes mexicanos (incluyéndola a ella y a AMLO) y miles de empresarios mexicanos y del mundo entero, han encontrado en el recurso binacional de justicia una garantía y una certeza que el sistema mexicano no ofrece. Pensar que nuestro sector privado confía en las instituciones mexicanas de justicia es más que ingenuo: es patrioterismo ramplón. Quizás convendría preguntarle al General Mérida en quién confía más.Excanciller de MéxicoÚnete a nuestro canal

La mandataria sostuvo que en los últimos meses su gobierno ha enfrentado “campañas mediáticas” y digitales impulsadas por sectores conservadores nacionales e internacionales.

En su discurso, la mandataria denunció una campaña encabezada por la derecha nacional y de EU, para desestabilizar el proyecto de la Cuarta Transformación

La Presidenta aseguró que su gobierno quiere una buena relación con Estados Unidos

Las declaraciones de Sheinbaum se producen en medio de recientes fricciones derivadas de temas de seguridad, narcotráfico y presuntos actos de injerencia.