La idea de un secuestro de Raúl Castro por parte de Estados Unidos ya no pertenece del todo a la imaginación paranoica latinoamericana. Hace apenas unos años habría sonado a delirio de sobremesa, a residuo retórico de la Guerra Fría. Pero después de Venezuela el problema dejó de ser la verosimilitud y pasó a ser el cálculo. Trump descubrió que el “modelo Venezuela” funciona como doctrina regional: asfixia económica, operaciones psicológicas, negociaciones paralelas, acusaciones judiciales, infiltración sobre las élites gobernantes y, finalmente, la amenaza –explícita o no– de una extracción física del enemigo. Cuba empezó a entrar en ese dispositivo lentamente, casi con método. Primero el bloqueo energético. Después las negociaciones ambiguas. Más tarde los contactos con figuras cercanas al entorno de Raúl Castro. Finalmente, la imputación judicial en Miami por el derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate.

Cada día se perfila como más inevitable un cambio de régimen en Cuba, pero de verdad, no como el apaño provisional que EE.UU. ha aplicado en Venezuela

Washington centra su campaña contra el castrismo en Gaesa, un conglomerado empresarial secreto más poderoso que el Partido Comunista, controlado por el ejército cubano y bajo el…