Cuando Kent Nagano (Berkeley, California, 74 años) les dijo a sus padres que quería dedicarse a la música no lo apoyaron. Extraña en quien tocaba el piano desde los cuatro años como parte de un programa educativo rigurosamente aplicado por su madre en casa. Pero, a la hora de la verdad, no vieron claro que siguiera esa vocación prendida con esfuerzo de manera vital. Por eso pensó durante un tiempo que podía buscar una alternativa en el mundo del derecho y la diplomacia. Finalmente, impuso su voluntad en el entorno estricto de un clan familiar japonés cuyos ancestros se habían instalado como granjeros a finales del siglo XIX en el oeste de Estados Unidos. Con empeño, pese al rechazo, acabó por desarrollar una carrera estelar que empezó en Boston, pasó por bares y compañías de ballet como acompañante para buscar recursos con que mantenerse y ha acabado como uno de los más firmes referentes de la dirección de orquesta del mundo después de haber pasado como titular por la Sinfónica de Montreal, la Ópera Estatal de Baviera o la Filarmónica de Hamburgo. En su trayectoria siempre buscó puentes y conexiones entre la gran música y las tendencias populares. Ha colaborado con Frank Zappa, Sting, Björk y no le importaría, asegura, hacerlo en esta nueva etapa con Rosalía. Estudioso profundo de Mahler —debutará con su Segunda sinfonía en Madrid el 18, 19 y 20 de septiembre—, devoto de Wagner y el repertorio francés y alemán, entregado y comprometido con la música contemporánea, Nagano ha descubierto que la música y la diplomacia van de la mano. De hecho, le gustaría hacer de la Orquesta Nacional una embajadora de buenas vibraciones por el mundo. Este mes llegará a las librerías la biografía Kent Nagano. 10 lecciones en mi vida, escrita por Inge Kloepfer y editada por Alianza.¿Ha sido su vida un viaje en busca del sonido?Bueno, para mí, que he crecido en la iglesia escuchando a Bach e interpretando sus cantatas o dirigiéndolas desde niño… Entre cómo lo escuchábamos entonces y hoy existe mucha diferencia. Pero el contenido de aquella expresión jamás lo olvidaré.¿Cree que se puede fielmente recordar los sonidos que hemos escuchado de niños? ¿Cómo se transforman en la memoria?En mi caso, regreso habitualmente a esa iglesia de mi infancia y toco el órgano, así que puedo aproximarme bastante. Pero hay otras dimensiones, esa que tiene que ver con la nostalgia o la evocación espiritual, más abstracta. Ahí, uno no está seguro.¿Cómo podemos preservar eso con pureza, sin intoxicaciones de la memoria?Bueno, es un punto interesante de discusión. Para entrar en ello debemos ser conscientes de lo importante que es la música en vivo. Respecto a la música clásica, además, hablamos de una forma de arte que sustancialmente viene del pasado, pero debemos hacerla presente. De esa forma conectamos la memoria con un futuro y eso puede suponer cierto impacto. Las representaciones en vivo constituyen un diálogo humano, una experiencia.¿Un ceremonial?Algo de eso, algo que no puede equipararse a una grabación, ni tan siquiera audiovisual. Algo que una cámara con buen sonido no puede replicar en toda su profundidad. Yo crecí en Morro Bay, una pequeña localidad californiana donde eso se vivía intensamente. Después, salíamos al campo. Aun así, tengo buenos recuerdos de cuando escuchábamos música en la radio que mi padre llevaba en el tractor. Los sábados lo parábamos para escuchar las retransmisiones de ópera desde el Metropolitan. Lo recuerdo como un momento maravilloso. Padre e hijo, en medio de la naturaleza, atentos a la ópera. Eso ha quedado como una experiencia extraordinaria y compartida.Supongo que, además, aumentaría su deseo por convertirse en músico…Me hacía soñar con ello, sí. Entonces yo ya me había tomado muy en serio el estudio del piano. Practicaba mucho. Pero tocar en un pueblo pequeño, incluso actuar con la orquesta de ese pueblo, no era lo mismo que estar involucrado en una gran producción de ópera. Eso estimulaba mi imaginación…¿Le llenaba la cabeza de pájaros…?Desde luego, todo eso escuchado con la voz de un buen locutor de radio conformaba en la mente una representación muy especial. Yo tenía ocho o nueve años…¿Para entonces ya sabía que quería ser músico?Tomar esa decisión fue complicado.¿Por qué?Mi madre era pianista, ella fue mi primera maestra. Creía firmemente en dedicar tiempo al arte y la cultura como parte de la educación de sus hijos. Yo era el primogénito de cuatro y conmigo desplegó mucha energía. Fue muy estricta. Me obligaba con cuatro años a tocar dos horas al día. Por eso soy muy escéptico cuando dicen que la atención de un niño hoy no pasa de los 20 segundos… Sé que puede ir a más, por supuesto. Luego me metió a los seis años a estudiar con un profesor. Y, sin embargo, aunque mi interés crecía, mis padres me dejaban claro que no les gustaba la idea de que me dedicara a eso. La música o el arte eran parte de la educación, pero no un fin para dedicarse a ello. Así que, cuando les conté que iba a seguir con los planes del conservatorio hasta el final, se disgustaron. Por eso también estudié Derecho en una época complicada para Estados Unidos, los años setenta: la guerra de Vietnam, el Watergate… Muchos jóvenes creíamos en un cambio de sistema y decidí que podía contribuir a ello involucrándome en la carrera diplomática. Eso gustó a mis padres. Pero, al tiempo, por supuesto, continué con la música. Y el plan suponía estudiar 17 horas al día. Llegó un momento en que tuve que decidir y me aparté del Derecho.¿Qué dijeron en casa?Fue problemático.¿Frustrante para ambos?Tormentoso. Decidirme por la música suponía que me retiraban el apoyo económico, lo que finalmente fue hasta positivo, porque me obligaba a comprometerme por completo. Por entonces, Sarah Caldwell, que fue intendente en la ópera de Boston, me ofreció formar parte del equipo de dirección musical. Esos fueron mis comienzos. Con poco dinero y una dieta alimentaria muy estricta.¿Entró, por tanto, en una etapa de asceta?Sí, pero llena de curiosidad. Por ejemplo, para sobrevivir toqué el piano en bares. Eso me proporcionó una manera de conectar con muchos estratos sociales.¿Descubrió a fondo la América de los antros?Fue esencial establecer esa conexión, ese diálogo. Muchas veces, andar involucrado en ambientes institucionales te confunde acerca del público al que te vas a dirigir. Tocar para una compañía de baile, por ejemplo, también resultó positivo. Te conecta con la inspiración de los compositores que creaban basándose en el movimiento del cuerpo. Entender las fuentes del tiempo y el ritmo. Fue una etapa de profundo aprendizaje en todos los sentidos.¿Llegaron a entender sus padres esa búsqueda?Por entonces vinieron a ver alguna de las cosas que hice en Boston y, sin llegar a mostrarse orgullosos, me dijeron: “Vale”. Fue su manera de expresarme que respetaban mi decisión. Algo diferente a decir: “Te apoyamos”.¿Y cuando tuvo éxito?Bueno, con el tiempo, ya todo eso se arregló. Mi padre murió hace un tiempo, pero mi madre tiene 99 años y aún juega al golf. Bueno, tuve con ella una conversación interesante al respecto hace como un par de años.¿Cuál?Para mi madre, sus cuatro hijos eligieron caminos muy diversos, todos exitosos en sus campos. Una hermana se dedicó al deporte en el mundo del tenis; otro se convirtió en abogado de la industria del entretenimiento. Y la más joven se dedicó a la banca. Para mi madre, los cuatro somos iguales, pero me pidió que entendiera su escepticismo: ellos solo querían asegurarse de que tuviera una buena calidad de vida, mejor de la que ellos habían tenido.Y como padre, ¿no desea lo mismo para sus hijos?Desde luego. Tengo una hija. Le encanta la música y el tenis. Y está loca por Rosalía y por Nadal. Ella intentó ser pianista, pero se ha decidido por la arquitectura. Le fascina la música pop y me pone al día. Como ve, estoy siendo continuamente formado.Bueno, está claro que hay una etapa en la que los hijos pasan a educar a sus padres.Ella puede ser muy estricta también. Pero creo que estoy aprobando.¿Se puede permitir el lujo un buen director de orquesta de dar la espalda a la música popular de su tiempo?No. Un músico debe estar al tanto de lo que la gente escucha en la época en que vive. Puede que muchas cosas solo sean modas, tendencias, pero resultan reales y como intérpretes debemos prestarles atención y saber distinguir qué puede perdurar.¿Cree que Rosalía perdurará?Pues estoy bastante impresionado con su sustancia, gracias a mi hija he escuchado sus discos. Creo que va más allá del pop. Así lo intuyo. Para mí sería un sueño poder colaborar con ella. La respeto muchísimo como artista y como música. Para mí es importante no categorizar si algo es pop o clásico o lo que sea. Todo depende de la calidad. Si es grande, llegará a consagrarse como arte.Y usted se ha pasado la vida sabiendo distinguir ese arte entre géneros como el pop y el rock.Bueno, he tenido la suerte de colaborar con Frank Zappa, Sting o Paul McCartney. Para mí, como digo, depende de la calidad. Rosalía ha colaborado con Björk, por ejemplo, y lo que esta artista y yo hicimos con Pierrot Lunaire, de Schönberg, o con Sting y la Historia de un soldado, de Stravinski, fueron interpretaciones inolvidables.¿Necesitamos de ese tipo de variaciones eclécticas para ser fieles al tiempo que vivimos?Bueno, siempre ha ocurrido así. La mayoría del entretenimiento está atado a un tiempo limitado, pero lo excepcional trasciende. Cuando los Beatles aparecieron produjeron una gran controversia globalmente, hubo otras muchas bandas después, pero, hoy, todo el mundo los recuerda a ellos.Es que son los mozarts del siglo XX. La prueba del tiempo ya la han superado.El tiempo va seleccionando. Es muy cruel el tiempo. Algunos profesores míos eran muy críticos con Ravel o Prokófiev y ya vemos. Ahora son parte del repertorio habitual mientras otros han desaparecido.Eso nos lleva a otra de sus pasiones: Mahler, que no fue reconocido como compositor en su época. Tuvieron que pasar décadas para encontrar su lugar en la historia. En ese caso, el tiempo ha sido justo, pero dice muy poco de la capacidad de los contemporáneos a la hora de apreciar a veces el arte del futuro.Con Mahler mantengo una relación que cambia continuamente. La de hoy es completamente distinta a la que tuve al tomar contacto con él la primera vez que escuché una de sus obras con mi madre y la Orquesta Sinfónica de San Francisco, la Octava sinfonía. Mi madre me dijo: “Si haces un sonido o te mueves, te castigo. Siéntate y escucha”. Luego, cuando volvimos en el coche, quiso escuchar qué opinábamos. Ella era muy crítica entonces con Mahler porque levantaba todavía dudas a principios de los sesenta. Después de morir, en las décadas siguientes, se fue imponiendo en diferentes olas por parte de directores como Bruno Walter o Leonard Bernstein, fundamentales para consolidarlo en el repertorio actual.Ellos supieron ver las claves de su modernidad.No era fácil. El uso de esa cantidad enorme de posibilidades cromáticas, esas texturas de sonido, abrumaban. En mi caso, profundicé en todo eso cuando estuve 10 años, hasta la temporada pasada, en la Filarmónica de Hamburgo, donde me centré en analizar lo que había sido su carrera como director y compositor mientras él también anduvo por allí. Las visitas de otros directores que recibió, las críticas que le hacía la prensa y observar los cambios que aplicó a sinfonías suyas como la Segunda o la Primera… Esos años marcaron mi perspectiva, me abrieron más a él, a la frescura de sus temas o sus ideas revolucionarias respecto a lo que se interpretaba entonces. Iba muy por delante, incluso en los arreglos que él hizo respecto a otros compositores como Schubert o Beethoven.De hecho, ha escogido su Segunda sinfonía para debutar este mes con la Orquesta Nacional de España. ¿Alguna sorpresa?Sí. Trataré de que sea de una manera diferente a la que hasta ahora he utilizado para compartir la música de Mahler. La sinfonía es conocida con el nombre de Resurrección, pero no fue un título que le pusiera él, vino después. En su espíritu y en la manera que fueron concebidos los textos para el coro, creo que quería hablar comunitariamente de la esperanza. Es un término que se refiere a un dogma religioso, pero contiene otros significados y una dimensión optimista en su sentido espiritual. Lo quiero conectar con un réquiem encargado a un músico español joven, Mikel Urquiza, precisamente porque creo en el tremendo talento creativo de la nueva generación de compositores españoles. Este será mi primer programa. Eso me permitirá utilizar el coro en una primera parte y terminar con las voces también al final.Su lucha por la esperanza actual me lleva al Kent Nagano que también quería luchar por la transformación del sistema en los años setenta. Tras el Watergate, todo terminó con un fortalecimiento de la democracia en su país. Ahora, las señales que vemos no nos llevan por el camino del optimismo.Digamos que vivimos una transición…Por ser diplomáticos.Siempre han existido las turbulencias y las tensiones. En términos históricos, la época de Nerón en Roma lo fue. Pero esas tiranteces pueden ser normales. Lo interesante es observar cómo se resuelven. También estuve muy involucrado con el trabajo de John Adams como compositor en la etapa en que compuso Nixon en China durante los años ochenta. Trata de esa visita de aquel presidente por primera vez a la China de Mao. Algunos historiadores lo vieron como una maniobra política para apoyar un régimen que pasaba por debilidades económicas.No hace mucho leí una entrevista con el escritor británico Philippe Sands en la que decía que Trump era solo un momento. Lo malo es el daño que se puede causar en ese momento. También Hitler y el fascismo fueron un momento para Europa, pero apocalíptico. Y ha vuelto. Con fuerza.No parece que hayamos aprendido mucho de la historia, ¿no es cierto? Cuando yo crecí, el trauma de la Segunda Guerra Mundial estaba vivo. También la memoria de los años de la Depresión y el crash de 1929. Ahora sentimos que se repite el ciclo. De joven pude hablar con veteranos de la Primera Guerra Mundial. Cuando ellos vieron que al prender el siguiente conflicto habíamos despreciado las consecuencias del anterior, se sintieron decepcionados. Pues yo ahora me pregunto lo mismo. Desde el punto de vista de un intérprete, todo nos lleva a la necesidad de profundizar en el pasado para comprender mejor.Llega a una orquesta que vivió tensiones en el pasado. Hubo un director como Frühbeck de Burgos que cuando Josep Pons tomó después el mando en 2003 y le dijo que quería abordar con la orquesta la Tercera de Mahler, le contestó: “Estos no están preparados para interpretar a un compositor así”.¡Dios mío! ¿Qué?Así fue.Bueno, los directores debemos tener presente que vamos y venimos, pero que son las orquestas las que permanecen. A nosotros se nos concede el privilegio de formar parte de esa tradición que continúa, pero estamos aquí para servir a una institución cultural y a un público. Quizás nos toca aportar otra perspectiva a obras que se han escuchado cientos de veces y ayudar a enriquecerlas.Esta en la que entra es una institución que tiene entre sus propósitos vivificar el repertorio español. ¿Cuál es su relación con él?Bueno, he dirigido la orquesta varias veces y también he venido a menudo de gira a España. Que me hayan dado la oportunidad de poner en valor la herencia cultural de este país es un honor. Después de mis experiencias en Francia y Alemania, considero que la cultura española es fundamental en Europa. Lo sé como californiano, un lugar donde esa herencia se siente en multitud de lugares que conservan sus nombres en español, en su arquitectura, desde pequeños aprendimos sobre arte español, música, danzas, y nuestros vecinos de América Latina nos muestran que es una cultura muy viva y que España forma parte del mundo actual y futuro. Poder participar en ello es maravilloso, por no decir lo que me motiva ponerme a aprender el idioma que tanta gente habla en el mundo y que da prueba de esa viveza.Llega usted a Madrid, la capital latina de Europa. Con ese corazón global late. ¿Lo nota?Diría que se ha convertido en la capital latina del mundo. Y en estos tiempos excitantes, como comunidad global, es lo que necesitamos. Ocurre aquí algo muy relevante. Todo este debate sobre la inmigración, además, lo que debe aportar es respeto y admiración ante la diversidad. Debemos fomentarlo así. Yo siento que en este momento vivimos esas sensaciones y que los impulsos en ese aspecto que llegan desde España los necesitamos y debemos irradiarlos al mundo. Si la orquesta puede servir de embajadora, será estupendo.
Kent Nagano, director de la Orquesta Nacional de España: “Rosalía va más allá del pop, sería un sueño colaborar con ella”
Esta estrella mundial de la música debutará este mes al frente de la formación dirigiendo la ‘Segunda sinfonía’ de Mahler








