De regreso del exilio, durante la Transición, todos los días recorría el mismo itinerario. Salía de casa, situada en un barrio residencial de Oviedo, atravesaba el parque de San Francisco, pasaba por la plaza de la Escandalera, se confundía en el trajín de la calle de Uría, daba una vuelta al claustro de la vieja universidad y luego deshacía el camino andado. Parecía un jubilado perdido en el tráfico de una capital de provincia, uno de esos ancianos anónimos que echa migas a las palomas. Tenía la piel fina, de limón tostado, con los párpados oblicuos detrás de los cristales, se movía con modales antiguos, de cortesía masónica, con la esencia de un frasco que se rompió en 1936. Muy pocos sabían que aquel anciano llamado José Maldonado fue el último presidente de la Segunda República Española.“Yo era hijo de un comerciante de tejidos y comestibles de Tineo, aquí, en Asturias. En casa de mis padres había sacos de sal, de granos y de garbanzos. De niño me montaba en aquellos sacos con una cuerda en forma de riendas y era feliz imaginando que galopaba sobre briosos caballos”.Desde esa galopada sobre sacos de legumbres hasta su nombramiento como presidente de la Segunda República hay que imaginar todos los avatares de una guerra fratricida, la derrota del bando republicano, la sucesión de gobiernos en el exilio hasta llegar al último creado en París que ya era una entelequia, un producto de la imaginación en que José Maldonado llegaba a confundir uno de aquellos sacos de garbanzos con el Rocinante de don Quijote.Aquel último Gobierno de la República en el exilio de París mandaba los decretos con un ciclista, tenía embajadores en México y en Yugoslavia, celebraba Consejo de Ministros en un bistró, en la tertulia del café o paseando por la acera, arriba y abajo, cualquier mañanita de sol. José Maldonado, el presidente de la República, daba clases de español en un liceo antes de evacuar consultas con el primer ministro, y el titular de Justicia llevaba él mismo su ropa a la lavandería. Se condecoraban mutuamente, se relevaban en los cargos, se repartían carteras, cabían en un taxi.“Primero tuvimos un local espléndido que nos cedió gratuitamente el Gobierno francés. Estaba en la avenida del Bosque. Aquello era realmente regio, aunque con muebles modestos. Después nos trasladamos a un pisito muy humilde, en una planta baja, en Boulogne-Billancourt, núcleo de población de los alrededores. Tenía tres habitaciones, comedor, cocinita y baño. Había unos ficheros. Una secretaria llevaba la correspondencia y se editaba una hoja de propaganda. Yo no iba al despacho a diario, pero Fernando Valera, presidente del Gobierno, acudía invariablemente allí todas las mañanas. Cada uno tenía su habitación. Durante algún tiempo cobré mil francos al mes, que no era el salario de un obrero. Después, como presidente de la República, llegué a cobrar 3.000. Por aquel pisito pasaba gente de la oposición del interior. Dionisio Ridruejo vino muchas veces a vernos. Y también Gil Robles, cuando se estaba preparando el contubernio de Múnich, en 1962, al que no asistí porque me encontraba en México con un infarto. Nos movíamos en un círculo de intelectuales franceses de la izquierda. Mitterrand nos quería mucho, pero nuestro mejor amigo era Albert Camus. Mientras vivió, no dejó de acudir a nuestras reuniones y de intervenir en los actos públicos”.Ese Gobierno creó un título que se llamaba Orden de la Liberación de España. A los que les ayudaban, los condecoraban. Uno de ellos fue Albert Camus, que siempre llevaba uno de aquellos botoncitos en el ojal de la solapa. Maldonado recuerda que Camus era muy cordial, exuberante, apasionado y, en otro aspecto, muy frío. Tenía algo de anarquista español. Su abuela había nacido en un pueblecito de Menorca, en San Luis. Él le contaba que de niño, en su casa de Argelia, se guardaban todavía las formas del machismo español. Los hombres comían primero, todos a la vez, y las mujeres esperaban de pie a que terminaran para sentarse a la mesa.“La amante de Camus, la actriz María Casares, hija de Casares Quiroga, tuvo al principio mucha relación con nosotros, pero después se enfrió porque no estaba de acuerdo en el modo de llevar la propaganda republicana. Ella se comportó con su padre como una hija ejemplar. Casares Quiroga, que era presidente del Gobierno al iniciarse la Guerra Civil, al que Calvo Sotelo llamó señorito de La Coruña, vivió en Francia sin recursos, con muchas penalidades. Se salvó de la miseria gracias a su hija, que le prestó ayuda y estuvo con él hasta el momento de su muerte. Ese era nuestro ambiente en París. Jean Cassou también se portó agradablemente con nosotros. No así Jean-Paul Sartre, que se distanció en cuanto se hizo famoso. Por aquel pisito pasó mucha gente; pocos días antes de su muerte me entrevisté allí con Ridruejo. También vino a verme el escritor Juan Benet, que quería presentarme a un amigo republicano. Me dijo: ‘Ánimo, que en el partido de Dionisio ya somos 30 o más”. José Maldonado murió de una insuficiencia respiratoria a los 85 años en 1985.
El último presidente de la Segunda República
José Maldonado vivió melancólicamente al cobijo de los intelectuales extranjeros mientras en España fue condenado al olvido







