Las Malvinas son argentinas”. Esa es la idea fuerza que organiza el reciente discurso del presidente Milei. De ella se desprenden obligaciones: defender la soberanía, impedir la explotación ilegítima de los recursos, sancionar empresas, crear un Consejo Nacional, dictar normas e invertir allí donde la defensa del territorio lo requiera. No pretendo discutir aquí la legitimidad del reclamo argentino. Quiero colocar junto a ella otra, dentro de la misma pertenencia nacional: los pobres son argentinos. La comparación es más exigente de lo que parece, y no por analogía sino por asimetría. En las Malvinas, el Estado argentino no ejerce soberanía: reclama lo que no controla. En cambio, sobre el territorio donde millones de argentinos viven en la pobreza, la ejerce plenamente. Allí dicta leyes, firma decretos, recauda impuestos, administra presupuestos y fija prioridades. No puede alegar que carece de jurisdicción. La pobreza, entonces, no interroga la extensión de nuestra soberanía sino su sentido: qué hacemos con la que ya tenemos.

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