¿Quiénes somos? ¿Qué estamos haciendo con nuestra vida? ¿Hacia dónde vamos? Tres preguntas simples. Y tres preguntas que la mayoría de nosotros esquiva durante todo el año. Vivimos rápido: respondemos mensajes, opinamos de todo, corremos detrás de urgencias que dentro de una semana nadie va a recordar. En medio de ese ruido, casi nunca nos detenemos a mirarnos de frente. El Shofar que suena en Rosh Hashaná no es una melodía. Es una alarma. Un sonido áspero, sin adornos, hecho para interrumpir: interrumpir la inercia, interrumpir la excusa, interrumpir la comodidad de seguir siendo exactamente los mismos un año más.

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Este año, además, el Shofar callará el primero de los dos días de la festividad, porque cae en Shabat. Y ese silencio también enseña: no siempre habrá una alarma externa que nos despierte. Muchas veces el llamado tiene que nacer adentro, sin que nadie lo toque por nosotros. Rosh Hashaná, el año nuevo judío, marca el comienzo del año 5787 y se celebra este 2026 desde la tarde del viernes 11 hasta la noche del domingo 13 de septiembre. No es solo una fiesta de brindis y buenos deseos. Es un día de juicio. Y frente a ese juicio, lo primero que se nos pide es mirarnos con honestidad y hacernos preguntas. Nadie corrige lo que no se atreve a mirar. Por eso el trabajo empieza adentro: reconocer nuestras fallas, aquello que venimos postergando, lo que sabemos que está mal y elegimos no nombrar. Pero también —y esto se olvida— reconocer nuestras virtudes. Nuestras capacidades. Lo bueno que hay en nosotros y que muchas veces desperdiciamos por distracción o por miedo. Solo quien se conoce de verdad puede cambiar de verdad. La prueba de los hechos Pero este examen no termina en el espejo. Atravesamos tiempos que nos exigen mucho más que introspección. Guerras. Conflictos sociales. Discusiones que se degradan en agresión. Desigualdades económicas que dejan a demasiada gente afuera. Y una tecnología que avanza más rápido que nuestra capacidad de procesarla. El crecimiento nace exactamente en el punto donde la pregunta honesta se convierte en acción concreta" Frente a semejante escenario, es tentador concluir que uno no puede hacer nada. Es falso. Nuestras decisiones no son neutrales. Lo que decimos, lo que callamos, cómo tratamos al otro, qué toleramos y qué dejamos pasar: todo eso tiene consecuencias, y esas consecuencias caen sobre nuestra propia vida y sobre la de los demás. Cada persona, desde el lugar exacto en el que está, tiene la posibilidad —y también la obligación— de preguntarse qué puede hacer para cuidar su vida y la de quienes lo rodean. Una sociedad no se transforma solo desde arriba. Se transforma desde adentro, uno por uno. La vida mejora cuando nos preguntamos por nuestra vida y actuamos en consecuencia" Empezar un año nuevo es una oportunidad que no conviene desperdiciar en frases hechas. Es el momento de asumir los desafíos que tenemos delante y, sobre todo, de tomar decisiones correctas: las difíciles, las que cuestan, las que nadie va a aplaudir. Esta es la enseñanza central de Rosh Hashaná, y es más simple de lo que parece: la vida mejora cuando nos preguntamos por nuestra vida y actuamos en consecuencia. No hay atajo. Quien se pregunta y no cambia nada, solo se entretuvo un rato. Quien cambia sin preguntarse, se mueve a ciegas. El crecimiento nace exactamente en el punto donde la pregunta honesta se convierte en acción concreta. Por eso las tres preguntas del principio no son retóricas. Quiénes somos, qué hacemos con nuestra vida y hacia dónde vamos son preguntas que exigen respuesta, y una respuesta que se demuestre con hechos: en cómo tratamos a nuestra familia, en cómo trabajamos, en cómo hablamos del que piensa distinto, en lo que hacemos por quien tenemos al lado. Que este Rosh Hashaná nos anime a hacernos las preguntas incómodas. Y que nos dé el coraje de responderlas con nuestras acciones. Ahí, y solo ahí, empieza un año mejor. *Gran Rabino de la Asociación Comunidad Israelita Sefardí de Buenos Aires; Fundador y presidente de Menora, Organización Mundial para la Juventud (Argentina)