Están los brazaletes con forma de neumático de Gaultier, los conjuntos hechos con sacos de patatas de Moschino y los abrigos teleñeco de Bottega Veneta. La fantasía y la diversión recuperan su lugar en una industria que ha recordado la necesidad de evocar (y provocar) para vender. Aunque es en el bolso donde la extravagancia encuentra su expresión más solvente. Tal vez porque disfrazarse de diva operística y enfundarse en látex repujado solo tengan sentido en una pasarela o una alfombra roja temática. Pero llevar una jirafa al hombro es una forma más transitable de abrazar la excentricidad. “El lujo está buscando recuperar el componente de deseo, juego y fantasía que tradicionalmente ha tenido, en un momento en el que muchas categorías se han vuelto extremadamente comerciales y reconocibles”, señala Beatriz Carranza, fundadora de la consultora BCV-N.Los llaman bolsos juguete. Con razón. Los hay con forma de rascacielos, cactus y cerdito-hucha. Cubiertos de mejillones. Con orejas. Emulando pilas de libros, la mochila de un repartidor de pizzas y bolsas de supermercado. La actriz Zhang Jingyi lució una amarilla que se adjudicó a Balenciaga y, sorpresa, resultó ser lo que parecía: una bolsa de plástico.Es una categoría que divide opiniones. Polarizante de una manera en la que solo la moda sabe ser. Descarte para quienes suscriben la funcionalidad por encima de la forma y muestra de escasa personalidad para los disidentes del algoritmo; para quienes abrazan este tipo de hedonismo lúdico, el rédito es claro. “Sin desmerecer, nos encanta un bolso práctico de diario. Pero hay algo liberador en presentarse cada mañana en el trabajo con una bombonera con forma de piña”, escribía el editor José Criales-Unzueta, aferrado a las asas del teckel de Thom Browne.Entender el camp —cuya esencia, citando a Susan Sontag, es su “amor por lo antinatural: por el artificio y la exageración”— es un requerimiento para pasearse por la calle con un bolso con forma de paloma. “Es una sensibilidad”, defendía la neoyorquina. A menudo se describe como estilo sin contenido que busca el choque visual. Nada más lejos. O no siempre. Cuando se hace con intención, es un código que exige la complicidad del espectador. Igual que la Brillo Box, de Warhol, y el Balloon Dog, de Koons.Como escribía Sontag en el ensaño de 1964 que 55 años después dio lugar a la última gala del MET interesante —esa en la que Jared Leto llevó su propia cabeza de accesorio y Katy Perry se vistió de candelabro—, “lo camp lo ve todo entre comillas”. Un bolso con forma de rana no es solo un bolso, sino un “bolso”, donde el doble signo ortográfico patenta la conciencia de estar representando un papel. Es, a la vez, una rana haciendo de bolso y un bolso disfrazado de rana. No oculta el artificio, sino que lo convierte en su razón de ser.La prerrogativa de jugar entre el ser y el parecer es pertinente en una sociedad que, plataformas sociales mediante, ha convertido la escenificación en forma de vida. “Ahora que nuestra imagen en redes es casi más importante que la física, el gusto ha sido sustituido por el engagement”, dice Aitor Salinas, periodista y docente de Comunicación de Moda en IED Madrid. “Jacquemus lo vio el primero con Le Chiquito, un bolso hecho para hacerse viral en Instagram”. Y sin embargo, superventas.En 2019 Andrew Bolton, comisario jefe de The Costume Institute del MET, explicaba que una de las cosas que le hicieron gravitar hacia el movimiento es que no había perdido su esencia subversiva a pesar de integrarse en el mainstream. Pero siete años de sobreexposición a manos de una industria experta en vaciar de significado cualquier código estético para convertirlo en un consumible pueden desgastar a la más aguerrida de las disidencias sartoriales. “Con bolsos tan efectistas es muy fácil esconderse, lo cual es muy práctico en la era de la moda algorítmica, donde nadie tiene ni idea de cómo vestirse si no es para postearlo en redes. Ya no existe la identidad, así que un bolso meme te da el beneficio de parecer que tienes una”, espeta Salinas.Para Bolton, la señal de que la estética camp pasaba de los márgenes a fenómeno de masas llegaba cuando diseñadores que no son camp empezaban a ejercerlo. Y de eso hay mucho en estas colecciones: la alcachofa de Loewe, la cabaña de Vuitton, la rana de Dior y el 11.12 de Chanel con cola de ardilla. “Sucede cuando la moda se encuentra en un punto de crisis creativa y económica”, recalca Salinas.En realidad no es nuevo. Ya lo hacían Elsa Schiaparelli en los años treinta, Franco Moschino en los ochenta y Lulu Guinness en los noventa. Judith Leiber lleva desde los setenta bañando en strass casi cualquier objeto imaginable: cisnes, cámaras Polaroid, perritos calientes. Incluso Millie y Socks, las mascotas de Barbara Bush y Bill Clinton.“Cuando miras a la historia, hay momentos en los que el camp es realmente la estética que define su época: los sesenta, los ochenta, ahora. Tiempos en los que hay cambios políticos y culturales radicales. Refleja el zeitgeist”, explicaba Bolton en las notas de la exposición. Era cierto en 2019 y sigue siéndolo hoy: en la vieira de strass de la reina Silvia de Suecia en la gala Mentor Arabia hay un subtexto.Para muchos responde al hastío del cacareado lujo silencioso que nos ha vendido el beis y un minimalismo mal entendido como signos de buen gusto. Para otros, a una era visualmente sobrecargada en la que las redes y el algoritmo han llevado lejos el deseo de generar atención (y likes). También están los que ven una búsqueda de diversión ante un panorama incierto. Y quien atisba la infantilización de una sociedad paternalizada. “O las cuatro cosas a la vez”, dice Daniela Gutiérrez, estilista, directora de moda de Neo2 y dueña del clutch de patatas fritas de Judith Leiber y el bolso osito de Moschino. “Pero no lo llamaría infantilización. El kidult no es sumisión, es resistencia frente a un mundo que exige seriedad todo el tiempo”.La irreverencia y el pastiche se han convertido en un lenguaje dominante en la cultura contemporánea. Y la moda no es excepción. Empezó con la fiebre del charm, que hizo que hasta una abogada de Garrigues se colgase un Labubu del bolso y ahora se materializa en carteras que recrean una cazuela. “Comprar una pieza así es casi un acto de rebeldía frente a la elegancia como norma”, dice Gutiérrez. “Y eso conecta bien con una nueva generación de consumidores que no quiere que el lujo le diga ‘esto es lo que tienes que desear’, sino que busca objetos con personalidad y humor”, apuntala Carranza.Para las marcas es un cebo visual. “Estas piezas están pensadas para ser fotografiadas, comentadas y viralizadas”, dice la estilista. Y esa es la clave de la panacea a la que llaman engagement. “Puede que pocas personas compren una cabaña de Vuitton, pero millones pueden verla y hablar de ella”, apunta Carranza. “Es una forma de construir relevancia cultural”.