A las 8.46 de la mañana del 11 de septiembre de 2001, un Boeing 767 de American Airlines se estrelló contra la torre norte del World Trade Center, en el corazón del distrito financiero de Manhattan. Así empezó el 11-S, el peor atentado de la historia, en el que fueron asesinadas 2.977 personas. Sendos aviones se lanzaron contra las Torres Gemelas, que se derrumbaron. Otro, contra el Pentágono. Y un cuarto, en un campo de Pensilvania después de que sus pasajeros se enfrentasen a los secuestradores. Así, con esas imágenes difícilmente olvidables para todos los que las vivieron, terminó el periodo en la que, tras la caída del muro de Berlín, se había certificado “el fin de la Historia”. La Historia se puso de nuevo en marcha. Las consecuencias reverberan hasta el presente. Fue un ataque contra EE UU y contra todas las democracias. Contra la humanidad. Pero el dolor de todos en esa fecha, hace 25 años, y la memoria de las víctimas de los terroristas islamistas de Al Qaeda no justifican los errores que la Administración de George W. Bush cometió después. Cada decisión fue más dañina que la anterior: el desastre culminó con la invasión de Irak, impulsada por mentiras sobre las inexistentes armas de destrucción masiva de Sadam Husein. La Administración de Bush lanzó también la llamada guerra contra el terror, que incluyó violaciones masivas de los derechos humanos, las detenciones arbitrarias y las desapariciones. La prisión en la base de Guantánamo, en Cuba, nunca ha podido cerrarse y sigue constituyendo una aberración jurídica. Los errores de Bush, que ningún presidente ha corregido después, hicieron el mundo más inseguro y debilitaron a las democracias que pretendían defender. Y todavía pagamos las consecuencias. Hoy Al Qaeda sobrevive en el Sahel, África Oriental y la península Arábiga, y el Estado Islámico, tras su derrota en Siria e Irak, mantiene ramificaciones en el continente africano y en Asia Central, y sigue siendo un potente reclamo para los lobos solitarios en Europa. De París a Londres y Bruselas, el 11-S inauguró una era de atentados islamistas contra ciudades occidentales, entre ellos el del 11 de marzo de 2004 en Madrid, en el que murieron 193 personas. El Gobierno de entonces, que había apoyado la guerra de Irak, desplegó un arsenal de bulos para confundir a la opinión pública sobre la autoría. Como ocurrió con las armas de destrucción masiva invocadas por Bush, algo cambió también en ese momento: el mundo de la posverdad y los mal llamados hechos alternativos empezaba a fraguarse. El terrorismo no ganó, pero tampoco Estados Unidos, que actuó tras los atentados como una hiperpotencia que no necesitaba aliados ni el amparo de las organizaciones multilaterales ni del derecho internacional. Y entró con aquellas decisiones en una trayectoria que no ha abandonado y en la que ha perdido influencia y poder global ante el ascenso de China. Después del 11-S vendría la crisis financiera de 2008, Trump, la pandemia de 2020, la guerra de Rusia en Ucrania, el atentado de Hamás contra Israel y la destrucción de Gaza: un desorden mundial que, después del nuevo orden internacional que proclamó Bush padre a principios de los años noventa, comenzó hace 25 años y no ha dejado de agravarse. Nuestro siglo empezó en 2001, pero 25 años después ya es distinto, casi irreconocible.
25 años de desorden mundial
Con el 11-S, la Historia se puso de nuevo en marcha y el impacto de los atentados reverbera hasta el presente










