Cuando Letizia Ortiz decidió dejar de cubrir sus canas, mientras que algunos medios alababan su decisión, la prensa británica prefirió volver a convertir el cabello de las mujeres en motivo de debate al criticar a la reina. La melena de la mayoría de las primeras damas de la historia moderna de Estados Unidos también ha terminado por ser motivo de análisis. Nancy Reagan se arreglaba el pelo al menos una vez a la semana, Jacqueline Kennedy se cepillaba el pelo 75 veces cada noche y Michelle Obama, consciente de que su pelo iba a ser motivo de politización, decidió llevar la melena lisa durante el mandato de su marido. Porque es indiscutible que el pelo no es un tema banal, sino un asunto político. “El cabello de las mujeres blancas suele percibirse como un asunto individual. El poder que conlleva parece ser una autoridad de pequeña escala: la autoridad de la estética personal que las mujeres pueden ejercer incluso cuando las instituciones públicas las han excluido. Debido a que los poderes que el cabello parece conferir a las mujeres blancas son estéticos, femeninos y, a menudo, reforzados por la cultura popular, pueden parecer no solo privados, sino también triviales. El placer, el juego y las inseguridades que las mujeres blancas experimentamos cuando cepillamos, acariciamos o peinamos nuestro cabello se relegan fácilmente al ámbito de la moda y la apariencia, aparentemente fuera de aquellos espacios serios -el tribunal, el Congreso, la universidad- donde se elaboran importantes políticas raciales”, escribe en Tangled (Bacon Press, 2026) la crítica cultural Sarah Mesle. “Aquí interviene un componente claro de misoginia. Dedicar mucho tiempo, dinero o energía emocional a nuestro cabello puede interpretarse, incluso por otras mujeres, como una señal de que no somos personas serias. Sin embargo, la misoginia a la que se enfrentan las mujeres blancas cumple una función compleja. La misoginia puede mantener a las mujeres blancas por debajo de los hombres blancos. Pero la presencia de la misoginia funciona como un filtro que permite a las mujeres blancas cegarnos ante nuestro propio poder racializado. Al asumir que nuestros sentimientos respecto al cabello tienen que ver únicamente con nuestra feminidad, que ha sido trivializada, evitamos reconocer cómo esos sentimientos se entrecruzan con nuestra posición racial privilegiada”, asegura. En el libro, la autora analiza cómo el cabello ha sido un vehículo sutil para transmitir la blancura, el privilegio y los valores conservadores. Mientras que las mujeres de color viven el cabello como un terreno profundamente político, las mujeres blancas suelen considerar sus estilos como algo puramente estético. Pero la crítica cultural matiza que esa aparente inocencia es la que hace que el cabello de las mujeres blancas sea tan poderoso y, a la vez, tan peligroso. El pelo puede convertirse en un elemento de subversión de muchas formas y por supuesto, el vello corporal ocupa aquí un lugar destacado, pues en el momento en el que una mujer decide no depilarse, el vello corporal se convierte en un acto de insubordinación que merece una respuesta agresiva. “El vello corporal se ha convertido en una forma de medir visualmente lo que podríamos llamar las actitudes que nuestra cultura ha decidido que son femeninas. Dado que la mujer ideal -a diferencia de casi todas las mujeres reales- no tiene vello, nuestra cultura ha convertido el deseo de eliminar el vello considerado poco femenino en un rasgo propio de la feminidad. Se supone que debemos sentir repulsión por nuestro propio vello corporal, preocuparnos por parecer un gorila o una campesina. Y si no sentimos repulsión, vergüenza o preocupación, se nos considera un problema. Simplemente dejar crecer el vello corporal que produce nuestro cuerpo se convierte en una insubordinación que merece una respuesta agresiva”, asegura Mesle. Un reel en el que Gwyeth Paltrow anuncia las bondades del dry brushing, que consiste en usar un cepillo con cerdas sobre la piel, se convierte en Tangled en el punto de partida para hablar del vello corporal. “Paltrow no se cepilla el cabello. En cambio, con mucho cuidado, se cepilla la piel”, dice. “Imaginemos cuánto cambiarían, cuánto más radicales serían realmente, cualquiera de estos vídeos sobre el cepillado en seco si existiera la más mínima, la más remota posibilidad de que el cepillo de Paltrow estuviera desenredando suavemente el vello de su brazo, en lugar de su brazo mismo; o, aún más impactante, el vello de sus piernas, en lugar de sus piernas. Imaginemos a Paltrow con un suave vello en los brazos o con las piernas cubiertas de una barba incipiente. Con vello rizado creciendo entre sus muslos. Un vídeo así sería una pieza extraordinaria de arte performativo, y me gustaría verlo. Pero arruinaría el anuncio del cepillo en seco”, asegura. Porque si la actriz tuviera vello corporal, sería este el que se convertiría en el centro de atención. “Aunque nominalmente este vídeo sobre el cepillado trata de una sensación, de un estado sensorial, y no del cabello, en realidad, su capacidad para anunciar esta ‘modalidad ancestral’ depende del cabello: depende de que Paltrow no tenga absolutamente nada de vello corporal”, dice. La autora señala que los cuerpos sin vello se han convertido en el punto de partida desde el cual puede comenzar la belleza; incluso en el punto de partida desde el cual puede comenzar la ‘feminidad’. Otras formas de hacer del pelo un acto político es no cubrir las canas, que una mujer joven se rape el caballo o que una anciana se deje el suyo largo.El cine de terror recurre muchas veces a la denominada Hagsploitation, la obsesión por la vejez como forma de provocar o simbolizar el miedo colectivo al mostrar a mujeres ancianas que suelen estar desnudas, con sus pechos caídos y con una larga cabellera grisácea. Porque en un mundo profundamente edadista, una mujer que no oculta el paso del tiempo se convierte de forma inmediata en el foco del terror. “La misoginia es muy real. En Estados Unidos hay unos estándares muy estrechos que como mujer, has de seguir sin perder visibilidad, privacidad o aprobación. Aunque por un lado, la aprobación es algo de lo que muchas de nosotras podríamos prescindir, para muchas mujeres, teniendo en cuenta que en muchos casos no tienen tanto acceso económico como los hombres, la aprobación es un recurso real. Mi madre dejó de teñirse el pelo hace unos años y pensé que era algo liberador. Simplemente dijo: ‘Tengo 70 años. No quiero pasar los años que me quedan en este planeta tiñéndome el pelo’. Una de las pruebas de que el pelo importa es que cuando las mujeres hacen simplemente algo ligeramente incorrecto, reciben tantísimas críticas. Por eso teñirse o no el pelo y depilarse o no las piernas es tremendamente político”, explica a S Moda.Las mujeres MAGA están tan obsesionadas con sus largas melenas, que caen en ondas suaves y han sido sutilmente iluminadas con mechas. Mesle asegura que se trata de un cabello largo que evoca una nostalgia por el pasado siendo a la vez “claramente moderno y tecnológico”, ya que las tenacillas y las extensiones entran en juego. En muchas ocasiones se habla de los ‘rizos de Utah’, en referencia a las influencers mormonas que los hicieron famosos. “Estos rizos son, básicamente, lo contrario de los rizos de Julia Roberts en Pretty Woman: siempre hacen hincapié en que el cabello de quien los lleva ha sido rizado, pero que crece liso de manera natural”, dice. “El cabello del séquito de Trump, aunque en muchos casos sea fruto de las extensiones, expresa un compromiso a largo plazo, y creo que Trump está obsesionado con la lealtad. Por eso, llevar este pelo largo es como decir: ‘Estoy totalmente comprometida con esto: no estoy simplemente siguiendo las tendencias, sino que esto es lo que quiero’. Y por eso, en parte, quiere que todas se hagan el mismo mismo tipo de cirugía estética. Es una auténtica representación de la lealtad y una voluntad de someterse a su definición de belleza. Lo mismo pasa con su maquillaje tan agresivo, que siento que es el equivalente femenino del Cybertruck”, asegura. En el libro también habla del corte de Rachel Green, de la popular serie Friends, que se convirtió en un icono de la transición hacia la economía global, la era digital y la era de la información. “El corte Rachel era poderoso por la manera en que se convirtió en un símbolo estético de un impulso que puedo comprender, uno que todavía parece relevante para los espectadores de la Generación Z que lo ven hoy”, asegura la autora. “Al igual que Rachel, muchas queremos liberarnos y, al mismo tiempo, sentirnos seguras. Rebelarnos, pero también ser aceptadas. Ser el futuro, sin renunciar al pasado. Ser nosotras mismas y, al mismo tiempo, ser normales”, dice. “Pienso que un peinado banal puede volverse poderoso cuando encuentra justo el límite superior de lo que se considera normal. Y así, las personas pueden considerarse modernas o transgresoras sin dejar de encajar”, explica. “Otra versión de eso, sobre la que no escribí en el libro, sería el corte desgreñado de Meg Ryan, que es un poco salvaje y alocado, pero no demasiado. La otra cara del Rachel sería lo que a menudo llamamos el corte ‘Karen’, o ese corte de Kate Gosselin, que fue quien lo hizo famoso. Tomó el Rachel y simplemente lo llevó al otro lado, y eso se volvió más impactante”, asegura. Resulta notorio señalar que cuando Hillary Clinton tanteó su candidatura presidencial, se cortó el pelo. Y al hacerlo, tomó como referencia el mejor modelo que tenía a su alcance. Hillary Clinton presentó un peinado inspirado en Rachel Green, proclamó Vanity Fair.Terminar una charla sobre peinados míticos sin aludir a la recién desaparecida Dolly Parton sería un error. “Colleen Owens creó muchísimos peinados increíbles, sobre todo utilizando pelucas sintéticas, que por aquel entonces yo prefería porque mantenían el rizo durante más tiempo que las hechas con cabello natural”, escribió la cantante en sus redes sociales. Y tras su muerte, Sarah no quiso dejar de hablar del icónico pelo de Parton en Avidly. “Dolly Parton ciertamente no está libre de la blancura. Está constituida por ella y se mueve dentro de ella. Pero lo hace mientras consigue, de manera brillante, cortocircuitar y esquivar su maquinaria ideológica. Sus pelucas de un rubio extremo muestran que comprende el poder de las normas blancas y que rechaza someterse fielmente a sus condiciones”, asegura. “El pelo de Dolly Parton era real -se podía tocar, tenía textura y estaba siempre presente-, pero no era natural. Era abundante, lujoso y, sin duda, caro, pero no implicaba ningún beneficio social asociado a aparentar riqueza. Parton conservaba su pelo como signo de una identidad moralmente responsable, pero también lo utilizaba para mostrar hasta qué punto le importaban poco los códigos femeninos normalizados y peligrosamente estrechos de la prosperidad y el sentimentalismo”, dice. En cualquier caso, pensar que hablar del cabello es algo banal no deja de ser profundamente absurdo. Porque para no tener un pelo de tonto, a veces es necesario hablar del pelo.
De las pelucas de Dolly Parton a la melena de las mujeres MAGA: el significado político del cabello
La crítica cultural Sarah Mesle explora en Tangled lo que el cabello de las mujeres blancas revela sobre el poder, el placer y la complicidad







