Casi tres mil muertos. Las Torres Gemelas, simb�lico coraz�n financiero de la potencia hegem�nica mundial -art�fice principal y referente del orden internacional basado en reglas-, orgullosamente enhiestas en el perfil de Manhattan, embestidas por sendos Boeing 767, derruidas, fundidas; escombro y cenizas. El Pent�gono, cerebro del poder militar, golpeado con id�ntico m�todo. Autor�a de Al Qaeda, una organizaci�n terrorista. �se fue el balance urgente del 11 de septiembre de 2001. Hoy, cumple ir m�s all� y preguntarnos por sus consecuencias desde una perspectiva global, por lo que aquel ataque revel� la vulnerabilidad del sistema asentado sobre la primac�a estadounidense que un discurso oficial compartido juzgaba s�lidamente instalado. Por c�mo se abri� una nueva era.Quienes entonces ten�amos edad suficiente para registrar lo que ve�amos conservamos n�tida la imagen de d�nde est�bamos y qu� hac�amos en aquellas horas de incredulidades enlazadas. Yo sal�a de una cita m�dica en mi batalla con el c�ncer y manten�a una conferencia telef�nica con la mesa de la comisi�n del Parlamento Europeo que presid�a. El secretario nos alert� del primer impacto. Me viene a mientes un gesto muy menor: interrumpimos nuestro di�logo, mientras todos presion�bamos compulsivamente el bot�n refresh en el teclado del ordenador en busca de la �ltima informaci�n. Recuerdo en particular el segundo impacto disipando cualquier posibilidad de accidente; luego el desplome de las torres y la congoja f�sica ligada a un barrunto inmediato. El mundo acababa de cambiar.Un cuarto de siglo parece distancia apropiada para volver sobre aquel d�a, distinguiendo lo que vimos de los procesos que se iniciaron o reforzaron, cuyo alcance y envergadura s�lo conocer�amos mucho despu�s.En Espa�a llev�bamos d�cadas combatiendo a ETA y tratando de convencer a nuestros socios del sinsentido de considerar el terrorismo como un mero problema dom�stico de quienes lo padec�amos. Tambi�n el Reino Unido sufr�a esa lacra. La construcci�n europea hab�a avanzado m�s en la eliminaci�n de las fronteras interiores que en la creaci�n de instrumentos jur�dicos y securitarios operativos en aquel �rea pendiente de balizar. El 11-S mud� esa percepci�n.Con los maratonianos interludios de volar cada tres semanas a Houston para recibir la quimioterapia que, por formar parte de un protocolo de investigaci�n, hab�a de administrarse all�, los meses siguientes tuvieron Bruselas como centro, volcados en la actividad normativa desencadenada por los atentados. La lucha contra el terrorismo pas� a concernir a toda la Uni�n, en el marco del espacio de libertad, seguridad y justicia. Se aceleraron acuerdos hasta entonces impensables: la definici�n com�n del delito, la orden europea de detenci�n y entrega, una cooperaci�n policial y judicial m�s estrecha. Fue tambi�n el periodo previo a mi nombramiento como ministra de Asuntos Exteriores.Desde el Gobierno, aquella realidad planteaba una cuesti�n diferente: �qu� significaba ser aliado de Estados Unidos tras el ataque m�s grave de su historia? Afganist�n obedec�a a una l�gica elemental. Una alianza no puede consistir en acogerse a sus ventajas cuando las necesitamos y descubrir sus l�mites cuando el compromiso tiene un coste. Los aliados se acreditan cuando estar junto al otro no reporta beneficios -ni siquiera es gratuito-. Despu�s de la activaci�n por primera vez del art�culo 5 del Tratado de Washington, dejar solo a Estados Unidos frente a quienes hab�an organizado y amparado los atentados habr�a vaciado de sustancia la propia alianza.Irak no era lo mismo, si bien reflej� esta filosof�a. En mi memoria de los meses iniciales en el Gobierno, el 11 de septiembre de 2002 cobra un valor especial. Particip� en Battery Park (contiguo a la zona cero) en una ceremonia de homenaje a las v�ctimas. All� estaba The Sphere, la escultura de Fritz Koenig recuperada de los escombros, da�ada. Aquella noche, con Colin Powell, hablamos de Afganist�n. Y empezamos a hablar de Irak. Al d�a siguiente, George W. Bush compareci� ante la Asamblea General de Naciones Unidas y situ� el r�gimen de Saddam Hussein en el n�cleo de la agenda multilateral.La proximidad temporal terminar�a embrollando ambas empresas bajo una r�brica caj�n de sastre: War on Terror. Afganist�n era consecuencia directa del 11-S. Irak se sustentaba en argumentos distintos y reclamaba un juicio individualizado. Entre los europeos pesaba una pregunta que el relato posterior ha tendido a difuminar: �qu� deb�a hacer un aliado si Estados Unidos decid�a, en �ltima instancia, lanzar una ofensiva que suscitaba dudas de calado? En la UE, las respuestas fueron dispares; sin embargo, una mayor�a de Estados miembros apoy� -con un abanico de matices- al "Amigo Americano". Influy�, m�s de lo que hoy se admite, la voluntad de demostrar que el v�nculo transatl�ntico conservaba contenido tambi�n cuando exist�an discrepancias, incluso profundas.El 11-S transform� asimismo al pa�s atacado. La excepcionalidad fue desplazando poder hacia el Ejecutivo, cambiando el contrato social entre el ciudadano y el Estado; ampliando en detrimento de las libertades p�blicas los mecanismos de vigilancia y seguridad -tendencia que entrar�a en resonancia con las capacidades tecnol�gicas que se desarrollaron-. La fuerza militar gan� terreno frente a la diplomacia, y operaciones nacidas de aquella agresi�n se prolongaron durante d�cadas, en escenarios cada vez m�s alejados y con recursos t�cnicos in�ditos. Se erosion� la formidable solidaridad aliada que hab�a cuajado en la extraordinaria unanimidad del Consejo Atl�ntico para defender precisamente a Estados Unidos. Millones de estadounidenses han alcanzado as� la edad adulta sin conocer otra normalidad: lo excepcional acab� pareciendo ordinario.Veinticinco a�os despu�s es f�cil ordenar las piezas y construir una explicaci�n perfecta de lo que se debi� ver, comprender y hacer. Es el espejismo de la mirada retrospectiva. Quienes toman decisiones no act�an desde el futuro, sino desde circunstancias concretas, con la informaci�n disponible, sus certezas y sus titubeos, ante problemas que exigen respuesta sin concederles el privilegio de atisbar el desenlace. Y acaso estas reconstrucciones ex post facto resulten a�n m�s seductoras en momentos de debilidad. Cuando a una sociedad le falta aplomo y trabaz�n, postular que todo desastre es secuela de fallos identificables proporciona una ilusi�n de dominio sobre un presente que se le escapa.Por eso, el ejercicio m�s �til no radica en inventariar carencias, oportunidades perdidas o errores, sino en analizar qu� otras cosas estaban sucediendo en septiembre de 2001 cuya magnitud no pod�amos captar.El propio terrorismo cambi� de escala e, incluso, de naturaleza. Hasta entonces, por devastadoras que fueran sus acciones, los golpes terroristas se abordaban desde el �mbito de la polic�a, la justicia o la inteligencia; estos grupos no eran considerados interlocutores en el sistema internacional. Gradualmente, esa frontera se hizo porosa y alguno lleg� a controlar territorio, recaudar, administrar "justicia", mantener estructuras burocr�ticas y desempe�ar funciones inherentes a la forma de Estado. Esa l�gica culmin� en la proclamaci�n del califato por el Estado Isl�mico. Los talibanes recorrieron otro camino ligado tambi�n al terrorismo: desde r�gimen derrocado a insurgencia, de �sta a interlocutor en la negociaci�n y, finalmente, autoridad de facto en Afganist�n. En paralelo, los Estados han ido aceptando sentarse con entes anteriormente vistos �nicamente como enemigos a batir. Sin tratar de legitimar, constatan que el poder efectivo ha dejado de coincidir siempre con las l�neas n�tidas del Estado cl�sico.China estaba a punto de incorporarse a la Organizaci�n Mundial del Comercio. Su membres�a se correspond�a plenamente con el esp�ritu de una �poca que confiaba en la virtualidad transformadora de la globalizaci�n: integrar al gran pa�s-civilizaci�n en las cadenas de valor mundiales significar�a multiplicar los intereses concurrentes y, con el tiempo, favorecer su apertura pol�tica. No resultaba absurdo apreciarlo. Viv�amos todav�a los a�os de la globalizaci�n feliz, cuando comercio, prosperidad y paz parec�an avanzar en la misma direcci�n. El salto cualitativo chino y, sobre todo, nuestra percepci�n de sus consecuencias estrat�gicas vendr�an despu�s. China ir�a tomando conciencia de su peso; y la interdependencia, que estim�bamos portadora de estabilidad, empezar�a a revelar arsenalizaci�n y vulnerabilidad.Tambi�n Rusia era otra Rusia. Putin llevaba apenas un a�o como presidente. Su fulgurante ascenso hab�a estado ligado a los atentados contra edificios residenciales de 1999 atribuidos a terroristas chechenos, a la segunda guerra de Chechenia y a la destrucci�n de Grozni. Enfrentar el terrorismo fue crucial en la consolidaci�n de su figura de "hombre fuerte". Pero en septiembre de 2001 no hab�a desvelado el proyecto revisionista e imperial que lamentablemente conocemos. Es m�s, tras el 11-S busc� la cooperaci�n con Washington y se revisti� de compa�ero de viaje en una lucha com�n. Georgia, Crimea y la invasi�n a sangre y fuego de Ucrania pertenec�an a�n al futuro.La Uni�n Europea, entretanto, se afanaba en su robustecimiento interior. Y ten�a buenas razones para ello. Estaba completando el mercado �nico, acababa de alumbrar el euro y preparaba la ambiciosa ampliaci�n hacia el Este. Adem�s, segu�a empe�ada en perfeccionar su aportaci�n m�s original al orden nacido a partir de 1945: someter el poder al Derecho, sustituir la fuerza por reglas y hacer de la interdependencia un instrumento de paz. Pod�a consagrarse a esa misi�n porque su seguridad �ltima descansaba sobre Estados Unidos. La pax americana permit�a a los europeos concentrarse en construir un porvenir. Rusia pod�a ser socio y proveedor de energ�a; China, un enorme mercado; Estados Unidos, el garante estrat�gico. Hoy, ninguna de aquellas tres premisas puede darse ya por descontada.Por fin, mientras cambiaba la distribuci�n del poder, evolucionaba algo m�s �ntimo: la manera en que nuestras sociedades elaboraban una visi�n compartida del mundo. Antes, la informaci�n llegaba en general a trav�s de instituciones que seleccionaban, verificaban, jerarquizaban y transmit�an hechos. La red modific� la velocidad de la noticia y la relaci�n entre quien la produc�a y quien la recib�a. Se propagaron los blogs; despu�s, las redes sociales, los v�deos y los p�dcast. La comunicaci�n gan� inmediatez, horizontalidad y apariencia de trato personal. A diferencia de los medios "tradicionales", alguien, aparentemente sin intermediarios creaba una singular sensaci�n de proximidad y verdad.La inteligencia artificial -en la actualidad- ha llevado esa mutaci�n un paso m�s all�: una voz, una imagen, una conversaci�n, hasta sus vacilaciones pueden ser sint�ticas. Aunque la comunicaci�n parece m�s humana, ya no cabe dar por supuesto que haya una persona al otro lado. Y cuando proliferan versiones contradictorias y noticias falsas concebidas para manipular, se erosiona el acervo sobre el que una sociedad teje sus divergencias. Ah� recobran valor funciones esenciales de los medios "cl�sicos": procedencia, comprobaci�n y responsabilidad. Un profesional identificable que se responsabiliza de lo publicado.As�, ser�a demasiado f�cil afirmar ahora que el 11-S extravi� el foco de Occidente. La amenaza era innegable, inminente, grave y exig�a reacci�n. El terrorismo yihadista volver�a a matar en Madrid, Londres, Par�s, Bruselas y tantas otras ciudades. Europa progres� al convertir su combate en una tarea coordinada. La comunidad internacional hubo de aprender a encarar actores a los que hasta entonces no hab�a otorgado una consideraci�n estrat�gica. A la par, maduraban transformaciones m�s lentas destinadas a alterar a�n m�s profundamente el orden que se cre�a afianzado y las sociedades que lo configuran.La nueva era no trajo s�lo una redistribuci�n del poder. Alter� tambi�n la manera en que las sociedades perciben, organizan y comparten la realidad. Se desvanecieron anclajes externos y, al tiempo, se fragmentaron los consensos internos desde los que busc�bamos interpretar el mundo.Aquella ma�ana neoyorquina vimos con toda claridad la brutalidad de lo que acababa de ocurrir, pero tardar�amos en comprender en toda su complejidad la nueva era que se abr�a.