Pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor, a día de hoy, es sinónimo de poca amplitud de miras como poco. Solo con reconocer los avances médicos que permiten curar enfermedades que antes eran una sentencia de muerte o el acceso a toda la información que permite internet, serviría para echar por tierra cualquier intento de manipulación ideológica. Otra cosa es que la sociedad actual esté demasiado cerca de cargarse el planeta que habita y entonces sea lógico afirmar que, antes del gran desastre del que los expertos alertan, la existencia sí que era más grata. Pero ¿cómo será vivir dentro de cien años, si es que se puede? ¿Cómo nos juzgarán esas generaciones tan posteriores? Esa es una de las cuestiones que el escritor Ian McEwan plantea en su última novela Lo que podemos saber, que la editorial Anagrama acaba de publicar traducida al castellano por Eduardo Iriarte y al catalán por Ariadna Pous Solà con el título Què podem saber.

El protagonista de este nuevo libro es Thomas Metcalfe, un académico de humanidades que vive en el año 2119. Múltiples catástrofes sucedidas en el siglo anterior han reestructurado la geografía de la Tierra y también el orden mundial. Nigeria es una gran potencia y Reino Unido se ha convertido en un archipiélago de pequeñas islas, mientras que ciudades como Londres, Nueva York o Lagos desaparecieron bajo el mar. Tsunamis, pandemias, migraciones masivas, ataques nucleares, enfrentamientos bélicos y otros desastres han menguado la población terrestre de nueve mil millones a cuatro mil millones de personas. Pero incluso después de todas las chapuzas mortales de sus antepasados, la humanidad continúa en el planeta, la cotidianidad vuelve ser plácida y la naturaleza se ha regenerado.