Dos grandes ventanales inundan de luz el estudio de Ian McEwan (Hampshire, Inglaterra, 1943), donde m�s de un millar de libros se acumulan en una enorme estanter�a blanca. A sus 78 a�os, el autor de �msterdam luce la t�pica indumentaria de un novelista adinerado que muestra su estatus sin hacer ostentaci�n: un polo azul marino y un jersey m�s clarito que no tiene ninguna pinta de ser de H&M. "Uy, perd�n, que se me ha ca�do un auricular", se disculpa con su impecable acento ingl�s al arrancar el encuentro.Nada contrasta m�s con esta estampa t�picamente british que la trama de su nueva novela, Lo que podemos saber, reci�n publicada por Anagrama. La obra nos traslada a un dist�pico a�o 2119. Nuestro planeta est� devastado por la mano del hombre. El colapso ambiental y un incidente at�mico provocaron hace d�cadas una cadena de tsunamis que aniquilaron a m�s de la mitad de la poblaci�n. Los humanos que a�n sobreviven se aferran a los restos de la civilizaci�n en un mundo semiacu�tico y plagado de archipi�lagos, a medio camino entre Waterworld y La carretera.Nigeria se ha convertido en la nueva superpotencia mundial. Estados Unidos languidece como una tierra infernal dominada por se�ores de la guerra. Y de Gran Breta�a, donde se centra la acci�n, apenas queda un pu�ado de islas que sus habitantes recorren en barcazas. Todos se asombran al recordar que sus antepasados volaban 3.000 kil�metros para tomar el sol sin preocuparse por el impacto de la contaminaci�n.El libro es una peculiar obra de ciencia-ficci�n, aunque a McEwan le disguste la etiqueta -"Mi novela no es una predicci�n, �si no sabemos qu� pasar� ma�ana", dice- pero tambi�n una novela universitaria y un peculiar thriller metaliterario. Su protagonista, Thomas Metcalfe, se gana la vida como acad�mico de humanidades -s�, los departamentos de literatura a�n existen en 2119- especializado en la literatura del primer cuarto del siglo XXI.En concreto, est� obsesionado por Una corona para Vivien, un poema de amor que un gran poeta del periodo, Francis Blundy, compuso para su esposa y ley� en voz alta en una cena de amigos literatos en 2014. La �nica copia se perdi� de forma enigm�tica, as� que la misi�n de Tom es reconstruir lo que ocurri� en esa "cena inmortal" a trav�s de todos los emails, whatsapps, diarios y dem�s rastros digitales que dejaron los invitados.En el futuro, relata el libro, la tecnolog�a cu�ntica ha inutilizado todos los antiguos protocolos de encriptaci�n. "S�lo un idiota confiar�a sus pensamientos m�s �ntimos a internet", dice McEwan en un encuentro con diversos medios en castellano. "Hoy sabemos que todo lo que escribimos, incluso en las ‘apps’ m�s sofisticadas, puede ser le�do f�cilmente por otras personas".La trepidante b�squeda del manuscrito a trav�s de la huella digital de los invitados hilvana toda la primera parte del libro. La segunda, m�s sombr�a si cabe, no puede sintetizarse sin perpetrar un spoiler casi delictivo. S�lo diremos que entre ambas forman una novela que recuerda a Expiaci�n (2001) por su sensibilidad hist�rica, por sus saltos en el tiempo y por sus toques de metaficci�n. "Es lo mejor que McEwan ha escrito en much�simo tiempo", sentenci� la entusiasta rese�a del suplemento literario de The New York Times.Una preocupaci�n central del libro, como delata su propio t�tulo, es la imposibilidad de conocer del todo a quien nos rodea. "Tengo 78 a�os, as� que ahora voy a m�s funerales que bodas o bautizos", afirma. "Cuando escucho los distintos discursos que se pronuncian en el funeral, siempre me fascina lo que aprendo sobre los fallecidos, c�mo he pasado d�cadas junto a personas muy queridas sin saber aspectos cruciales sobre sus vidas".Pero la obra va m�s all� y tambi�n es, en s� misma, una reivindicaci�n de la novela como artefacto cultural todav�a vigente. "Llevo 53 a�os escribi�ndolas, as� que no voy a despreciar toda esta trayectoria como un entretenimiento fr�volo", bromea, antes de recordar que, ya en su juventud, las revistas literarias estaban repletas de art�culos sobre la inminente desaparici�n del formato."La raz�n esencial por la que no muere es porque sigue siendo el mejor m�todo para examinar la vida psicol�gica del otro, muy por encima del cine o el teatro", a�ade. "Creo que se convertir� en un g�nero de nicho, pero no desaparecer� por la simple raz�n de que no hemos encontrado nada que lo sustituya. Quiz� en un futuro la IA consiga algo similar, pero a�n as� no nos proporcionar� el placer y la belleza de una novela".La tecnolog�a es otro asunto central del libro y una de las grandes preocupaciones del escritor, que ya explor� en novelas como M�quinas como yo (2019). Dice que su "horrible presentimiento" es que los humanos tendremos que sufrir "una o dos cat�strofes" antes de tomarnos en serio la construcci�n de modelos seguros o la regulaci�n eficaz de las redes sociales. "Deben ser responsables, igual que un peri�dico, del contenido que publican", afirma. "Si est�n empujando a los adolescentes al suicidio, sus CEOs deben sentir todo el peso de la ley"."Hay tanto dinero invertido en centros de datos que nos aterroriza poner l�mites a la inteligencia artificial. Podr�amos desatar la peor recesi�n jam�s vista"McEwan se muestra fascinado por el debate sobre la "singularidad" que se ha desatado en las �ltimas semanas, a ra�z de diversos avances de la IA. "Existe la posibilidad de que ya existan m�quinas capaces de mejorarse a s� mismas", relata. "La tecnolog�a se est� escapando de nuestro control porque son el campo de batalla entre China y EEUU. Hay tanto dinero invertido en centros de datos que nos da terror a poner l�mites a la IA. Si lo intentamos, podr�amos desatar una recesi�n global de una gravedad que no hemos vivido jam�s".Tambi�n le inquieta otro impacto menos visible, pero igual de da�ino, de la tecnolog�a en nuestra sociedad. "No s�lo hemos perdido la privacidad, sino tambi�n la soledad bien entendida", afirma. "Tenemos menos silencio. Menos capacidad para dejar que la mente divague. Cuando nos bajamos del avi�n, todo el mundo est� pegado al m�vil mientras espera el equipaje. Antes, ese era un tiempo para charlar o so�ar con los ojos abiertos".Dice McEwan que vivimos "tiempos extra�os y ansiosos", en los que sentimos que el mundo se ha vuelto m�s peligroso por el cambio clim�tico, el rearme generalizado y la renaciente amenaza nuclear. Critica el "pesimismo metaf�sico" que s�lo es capaz de imaginar un futuro en decadencia, por lo que reivindica un cambio de mirada para centrarnos en aquello que s� se puede mejorar. "Nuestra principal tarea es mantener el optimismo", afirma. "Le debemos a las pr�ximas generaciones la valent�a de deshacernos de ese pesimismo que nos paraliza".Tambi�n subraya la importancia de recuperar el papel central de la Historia que, seg�n �l, ha desaparecido de la escuela y de la sociedad en su conjunto. Los humanos somos m�quinas de olvidar, ya sea como individuos desmemoriados o como sociedades que conspiran para borrar su pasado ("un ejemplo claro es Tiannamen", dice). "Por eso, resulta colosalmente peligroso que las civilizaciones olviden su pasado", afirma. "Yo tambi�n creo que la historia no se repite, pero s� que rima".McEwan aprendi� esta lecci�n cuando era un universitario que disfrutaba de la marihuana, el ‘rock and roll’ o los libros. Las vidas de sus progenitores, obsesionados por nimiedades como encerar el coche o renovar la tele, le parec�an absurdamente insulsas. S�lo m�s tarde, tras percatarse de los horrores que sufrieron durante la Segunda Guerra Mundial, comprendi� lo equivocado que estaba. "Ellos hab�an estado en las puertas del infierno, as� que ansiaban llevar una vida ordinaria, mientras que nosotros, veintea�eros privilegiados, no ten�amos ni idea", dice. "Sent� mucha verg�enza cuando me di cuenta. Como escribi� Kundera, los mayores errores vienen de olvidar las grandes infelicidades".
El retorno m�s sobrecogedor de Ian McEwan: "Sufriremos una o dos cat�strofes antes de tomarnos en serio la regulaci�n de la tecnolog�a"
Dos grandes ventanales inundan de luz el estudio de Ian McEwan (Hampshire, Inglaterra, 1943), donde m�s de un millar de libros se acumulan en una enorme estanter�a blanca. A sus...







