La economía argentina se ha convertido en uno de los mayores experimentos económicos del mundo desarrollado y emergente. No solo eso, es quizá también reto económico más ambicioso que recuerda en el país. El presidente Javier Milei llegó al Gobierno a finales de 2023 a un país que rozaba la hiperinflación (cada mes subían los precios un 25%), que presentaba unas cuentas públicas totalmente desequilibradas, con un banco central que tenía un balance que era como 'bomba de relojería' y una economía que estaba al borde del default. Milei tomó posesión con la intención no solo de estabilizar un país al borde del desastre económico, si no que pretendía y pretende cambiar (o pretende que el mercado lo haga) qué produce Argentina, cómo lo produce, dónde lo produce y hacia dónde se desplazan el capital y los trabajadores. Un transformación en la que 'la mano invisible' de Adam Smith y la 'destrucción creativa' de Schumpeter deberían ser aliadas, pero cuyo coste en el corto y medio plazo es la gran amenaza electoral para el propio Milei.Después de una primera fase centrada en el ajuste presupuestario y en doblegar una inflación que llegó al 289% a comienzos de 2024 y que ha descendido hasta el 34%, el Gobierno ha entrado en una segunda etapa mucho más delicada. El Gobierno está intentando abrir una de las economías históricamente más cerradas del mundo y dejar que sean los precios, la competencia y la rentabilidad, y no la protección estatal, los que decidan qué actividades sobreviven y cuáles desaparecen. El objetivo último es que trabajo y capital abandonen progresivamente sectores que solo eran rentables al abrigo de aranceles y subsidios y se dirijan hacia aquellos donde Argentina puede competir realmente con el mundo.