Los partidos de izquierda están sumidos en procesos de reflexión estratégica. Bien que lo hagan. Cada uno intenta encontrar un lugar en un mundo que se les ha vuelto singularmente hostil.El ejercicio no se da en el vacío. Bajo formas distintas, el mundo vive el reflujo de una ola de expectativas que la política progresista no logró satisfacer y que ha dejado tras de sí una mezcla explosiva de rabia y desapego. Eva Illouz lo ha descrito bien: la derecha populista ocupó el terreno afectivo —la pertenencia, el reconocimiento, la dignidad herida— que una izquierda acostumbrada al argumento racional dejó vacante.Aquí en casa no fuimos la excepción. Lo que sucedió con la Convención Constituyente no fue un simple error de cálculo político, de comunicación, ni obra de un débil ejército de bots: fue, ante todo, un error de lectura del estado del país tras el estallido y la pandemia, y ceguera sobre lo que estaba pasando más allá de nuestras fronteras. Nadie puede hacerse el desentendido. Ni actores políticos de larga trayectoria que imaginaron que había llegado la hora de la insurrección popular, ni intelectuales ya maduros seducidos por ideas ajenas a la historia de Chile. Menos aún el Gobierno de turno, que presenció el desvarío sin actuar. La izquierda perdió el control de un proceso que ella misma había abierto, para terminar devorada por su propia criatura.Vaya, por lo mismo, un aplauso al Frente Amplio: es el primer partido en concluir su ejercicio de reflexión a través de un Congreso democrático con amplia participación. No obstante, el texto aprobado resulta decepcionante.Es imposible no recordar lo que fuera la renovación socialista posdictadura. Ella tuvo tres pilares: una autocrítica implacable y desgarradora de lo que fue la Unidad Popular y de la conducta de la izquierda en el proceso que la antecedió; un esfuerzo genuino por acompañar la denuncia con una comprensión de los cambios que Chile experimentaba bajo la dictadura; y un deliberado esfuerzo por insertarse en la reflexión de la izquierda en otras latitudes. Poco de esto se ve en las resoluciones del congreso del Frente Amplio.El desenlace de la Convención se interpreta como una derrota política, que lo fue, pero no se detiene a comprender los motivos que llevaron a un rechazo tan masivo y transversal. Lo mismo ocurre con su propia experiencia de Gobierno: los errores aparecen, cuando aparecen, como “restricciones objetivas”, sin sujeto que los cargue sobre sus hombros. Se lee como justificación ante un jurado académico, no como una autocrítica, lo que contrasta con la actitud mostrada por el presidente Boric. En el plano conceptual, el texto no logra resolver si el motor histórico es la lucha de clases asentada en la estructura económica, o el conflicto social de carácter multidimensional. Quizás buscaba ser ecuánime, pero solo siembra confusión. El Estado —y ojo: el Partido— vuelve a ser el gran agente de transformación. La sociedad civil aparece poco, más que nada como campo electoral. Al mercado y a la empresa se les mira como objetos de control, no como mecanismos de coordinación, realización y cambio. La libertad depende de aquello que el Estado garantiza. La demanda por individuación queda sin respuesta. Se habla del “cuidado”, lo que parece bien, pero sin mención a la familia.El crecimiento económico y el desarrollo productivo son objetivos reconocidos. Pero están supeditados a la aspiración de “superar la matriz extractivista actual” y a una “modernización verde”, lo que los convierte en mera declaración de intenciones. Algo sintomático: no se menciona la experiencia más innovadora y exitosa del pasado gobierno: la asociación entre Codelco y SQM para el desarrollo del litio.Hay temas que curiosamente no se abordan. La inteligencia artificial aparece solo como amenaza que conjurar mediante “soberanía digital”, pero no hay referencia a sus impactos en la vida. Lo mismo pasa con la crisis demográfica. Y en educación, el foco está en el dilema entre administración pública y privada, sin profundizar en los temas que hoy más preocupan: calidad, violencia, formación ciudadana.Y la guinda de la torta: el FA se define “socialista”, pero adopta una definición tan amplia que termina calzando con cualquier democracia social contemporánea. Si el objetivo era fijar su domicilio, no lo consigue. Y peor: asume esqueletos que era preferible dejar en el armario de la vieja izquierda. El socialismo, que perdió sus dos motores históricos —los trabajadores fabriles nacidos de la revolución industrial y la amenaza (y para otros la ilusión) comunista encarnada en la URSS—, es hoy un anacronismo. Lo que la izquierda requiere no es actualizarlo, sino abandonarlo.El FA, al parecer, renuncia a una vocación renovadora. Queda pendiente entonces una izquierda que acepte que sus planteamientos envejecieron y se reinvente a partir de sus principios esenciales. No basta una redefinición estratégica: hace falta una redefinición identitaria.La izquierda democrática es, hoy por hoy, básicamente una sensibilidad: indignación moral frente a las injusticias; resistencia a los abusos de poder; vocación por ampliar la libertad y capacidad de agencia de las personas, actuando individual y colectivamente más allá del mercado; defensa del principio de solidaridad en todos los planos; protección del planeta; fe en la ciencia, así como rechazo a los dogmatismos y a los mesianismos.Tal sensibilidad no tiene domicilio. Debe encontrar cómo hablar a una ciudadanía que le pide a la democracia protección e individuación, no solo ampliación de derechos colectivos, e insertarse en un capitalismo digital y un escenario geopolítico bipolar. Como fuerza progresista, debe asumir —y no simplemente rechazar— los grandes dilemas del presente: la inteligencia artificial, el cambio climático, las nuevas formas de educación y trabajo, la nueva guerra fría, la personalización de las biografías, el emprendimiento como forma de vida.Esto exige retomar la confluencia con el pensamiento cristiano, que fue el verdadero secreto de la Concertación. Su crítica —encarnada en las encíclicas de Francisco y de León XIV— a la pobreza, al mercado, al capital financiero, a la tecnocracia sin freno, al culto tecnológico y al individualismo sin comunidad, representa las aspiraciones de una izquierda democrática del siglo XXI.Si quiere recuperar su influencia, la izquierda democrática debe buscar nuevas confluencias —no la reposición de las agrupaciones de ayer— y conquistar los votos del Chile de mañana, no recobrar inútilmente los que tuvo en el Chile que se fue.