Patrick Baty, el “gurú de la pintura”, en su tienda del barrio londinense de Chelsea.Manuel VázquezPatrick Baty (Londres, 70 años) pensó que la aventura de su vida culminaría en la batalla contra la insurgencia comunista de la región de Dofar, al sur del Sultanato de Omán, en la pasada década de los setenta. Las fuerzas especiales del ejército británico, las temidas SAS, participaban en esa operación secreta y el joven Baty, capitán del Regimiento 9º/12º de los Lanceros Reales, ya había comenzado a aprender árabe y se disponía a emular a Lawrence de Arabia.“Y entonces, en uno de esos quiebros extraños que dan a veces las grandes organizaciones, decidieron que me iban a enviar a Northampton, a dos horas de Londres, para entrenar y dirigir a un grupo de cadetes”, cuenta a El País Semanal en una cálida mañana de julio mientras toma su café en el bar del Royal Festival Hall, a orillas del Támesis. “Así que presenté mi renuncia. No quería encaminarme hacia una vida de frustraciones en la que acabara mis últimos años al mando de un campo de tiro en Gales”, ironiza con una media sonrisa.Hoy en el mundo de la decoración y la renovación arquitectónica se le conoce como el “detective del color” o el “gurú de la pintura”. Instituciones públicas y propietarios privados requieren de sus servicios para rescatar el pasado oculto de sus propiedades.Al dar por concluida su carrera en el ejército, Baty se dio cuenta de que tenía una formación militar en la Real Academia Militar de Sandhurst, y cierto conocimiento de la pintura británica de principios del siglo XX, adquirido por el interés que despertó en él desde niño la obra de sus bisa­buelos Robert Bevan y Stanislawa de Karlowska. Pero ningún estudio universitario. Le valió durante un tiempo para trabajar en galerías de arte de la calle Bond, donde se aburrió como una ostra.Acudió a su padre, que tenía un negocio de pintura y papel pintado en el londinense barrio de Chelsea, para ofrecerle su ayuda. Fue allí donde la curiosidad, estimulada por las preguntas y peticiones de los clientes, le condujo hacia la actividad donde finalmente alcanzó la gloria que ambicionaba.“Llegaba alguien a la tienda para pedir en su casa el color de los muros interiores de la Ciudad Prohibida de Pekín, o para preguntar qué color habría elegido Robert Adam [el arquitecto del siglo XVIII famoso por su decoración de interiores neoclásicos] o cómo rescatar el magistral uso de la luz y los colores saturados de sir John Soane”, cuenta Baty.Dedicó sus tardes a investigar los tratados sobre color y decoración que encontró en el Real Instituto de Arquitectos Británicos, en la Biblioteca Nacional de Arte del Museo Victoria & Albert y en la British Library. Su esfuerzo culminó en una tesis de 80.000 palabras sobre el arte decorativo del siglo XVIII en el Politécnico del este de Londres, y en la construcción de una reputación como experto en rescatar los colores enterrados.Baty entendió que a los conocimientos teóricos debía sumar la investigación forense. Un método científico-detectivesco que le ayudara a desenterrar el pasado de los edificios, antes de sugerir el color adecuado para cada renovación.Con el uso del espectrofotómetro, un aparato para medir en el laboratorio la cantidad de luz absorbida o transmitida, Baty analiza muestras de pared en el microscopio en busca de las capas históricas de pintura. Y cada una de ellas le cuenta una historia del edificio o del monumento.No siempre el color acertado es el color original. Entre sus encargos figura el icónico Tower Bridge (Puente de la Torre) de Londres, con su brillante azul y sus discretos blanco y rojo. Así fue pintado en 1976, para conmemorar el Jubileo de Plata de Isabel II. Pero antes había sido azul claro, gris o verde bronce. Tanto sus tonalidades como su propia estructura cambiaron a lo largo de las décadas. “Esa fue mi recomendación a la Corporación de Londres, que administra el puente. Porque si hubiéramos vuelto a alguno de los colores históricos, la gente se habría confundido, los medios habrían comenzado a provocar revuelo. Estaba justificado mantener el perfil ya existente”, explica Baty, que aplica la lógica a algo tan aparentemente subjetivo como los colores.Su mano está detrás de muchos de los trabajos de restauración realizados en el palacio de Buckingham, en el castillo de Windsor (después del terrible incendio de 1992), en el palacio de Hampton Court, en el 10 de Downing Street o en el histórico edificio de la BBC, Broadcasting House, además de en multitud de residencias privadas.Y todo su conocimiento está concentrado en un exquisito manual de arte de más de 300 páginas publicado por la editorial Thames & Hudson, especializada en este tipo de ediciones tan cuidadas, llamado The Anatomy of Colour (la anatomía del color).Su esposa, Alex, está al frente del negocio y la tienda, Papers and Paints, que sigue en Chelsea, donde los Baty atesoran un inmenso catálogo de tonalidades históricas. Patrick pudo, gracias a esa generosa distribución de las tareas, centrarse en su trabajo de consultor histórico y artístico.El vestíbulo central del Royal Festival Hall, uno de los primeros edificios públicos construidos en Londres después de la Segunda Guerra Mundial, está rodeado de paredes de cristal, con algunos muros de contención. En su versión original, una superficie roja esquinaba con otra de un verde apagado, y otra de color marrón chocolate se juntaba con un amarillo canario. “Un uso alocado de los colores, hasta que descubrí la lógica oculta. Lo que llaman la ‘solidez del color’, un modo de aportar una sensación visual de fortaleza por contraste ante tanto cristal que, en aquella época, todavía daba cierta sensación de fragilidad”, explica Baty.Su visión artística tiene esa mezcla romántica, cartesiana y marcial que ha producido tantos aventureros británicos. De hecho, hasta hace poco siguió siendo un militar en la reserva, adscrito al Regimiento 21º de la SAS. El conocido como Artists Rifles, fundado en 1859 por Edward Starling ante el temor de una nueva invasión napoleónica de la isla. Formó parte de él toda la generación de prerrafaelitas, como Dante Gabriel Rossetti o William Morris. Atrajo a jóvenes pintores, escultores, músicos y arquitectos, pero también ingenieros y científicos. Acabó siendo uno de los cuerpos militares más prestigiosos del Reino Unido.“Gente inteligente, motivada, que llegaría a hacer cosas extraordinarias y cuya existencia me atrajo de inmediato”, cuenta Baty, que recuerda esas experiencias y esa camaradería, curiosamente, como algo mucho más precioso que su exitosa carrera como decorador de interiores. “Al fin y al cabo, la pintura y los colores son algo muy superficial”, ironiza.