Ion Aramendi da paso en directo a Jorge Javier Vázquez, que ya está listo después de vacaciones. “Me habéis obligado a volver porque, de verdad, nunca había visto tanta heterosexualidad en Telecinco. Y me he dicho: tengo que volver”, suelta Jorge Javier entre risas. Muchas risas de todos. Primera en la frente. La espontaneidad irónica del presentador esconde una fortaleza que tuvo el canal y que, en cambio, se ha terminado convirtiendo en su debilidad. Antes, Telecinco era la cadena de la diversidad en plató. El canal estaba repleto de autores que representaban la pluralidad de miradas que componen la sociedad. Había mujeres de distintas procedencias, estatus, edad y físico. También sucedía con los hombres. Y la audiencia desde casa se sentía reflejada, pues observaba gente como la de su barrio. Hasta cuando querían ser perfectos se notaba la transparencia de las inseguridades cotidianas que nos unen a todos. Tras reivindicar esa diversidad de miradas, comenzó El diario de Jorge. “En un momento en el que hay tantísimos programas en este grupo en los que se habla que se rompe España, no os preocupéis: porque en este programa la vamos a coser”. Segundo dardo en la presentación del espacio de testimonios. Jorge Javier se pone a la revolución de la convivencia, que remarca otra de las virtudes que han ido extraviándose en Mediaset. El éxito de Telecinco estaba en que era un canal de acogida sin pedirte carné de origen y pensamiento. La cadena ejercía la compañía desde temas cotidianos que permitían coger aire de los dramas reales de la vida. Había actualidad, pero la mayor parte del tiempo la cadena jugaba al corrillo de la conversación de descansillo de escalera y que nos distrae a todos. Porque curiosear detrás de la mirilla es el acto más democrático para distraernos de las trascendencias con intrascendencias.Después de esta pulla incontinente. Jorge Javier fue a decir la hora para incidir que estaban emitiendo en riguroso directo. Pero se equivocó al leer el reloj. “Llevamos tres años y este es el tercer cambio horario. Entenderéis que vamos ya como las locas”, bromeó. Y, de paso, nos regaló el gran obstáculo de la tele nacional: Telecinco era orden de programación. Su deriva empezó cuando el casamiento de sus propuestas con los hábitos del público saltó por los aires. Ya no sabemos a qué hora ponen cada programa. Solo queda la cita histórica de los jueves noche como el gran prime time asociado al reality. El resto de franjas necesitan estabilidad con autorías definidas y distintivas. Jorge Javier es autor, definido y distintivo. Y su libertad argumentaba define, al final, aquel Telecinco que lideró durante tantos años: era un canal que transmitía la alegría de poder ser sin censurarse más de la cuenta. Esa sensación de confianza se trasladaba a casa. Había gente intentando ser hasta cuando decían a los demás como tenían que ser. Ahora hay gente intentando influir. Pero para eso ya está Twitter. La tele es la elaboración que intenta leer la sociedad para enhebrar la complicidad con el público. La riqueza de la curiosidad que elige la fiesta de entender más que las presiones de la pretensiones de convencer.