NoticiaUna evaluación siguió la trayectoria de 300.000 estudiantes y comparó 35 colegios Case con 35 colegios oficiales de similares condiciones.09.09.2026 21:14 Actualizado: 09.09.2026 21:14
Colombia discute hoy bajo qué condiciones las entidades territoriales pueden ceder a operadores no estatales la administración del servicio educativo oficialEs una discusión que se ha librado casi siempre con ideología y casi nunca con datos. Bogotá acaba de aportar los datos.Conviene comenzar aclarando qué son y qué no son estos colegios. Los Colegios en Administración del Servicio Educativo (Case) son instituciones públicas, con infraestructura y dotación proporcionadas por el Distrito. La matrícula la asigna la Secretaría de Educación, no el operador, por lo que los colegios no eligen ni pueden devolver estudiantes. Los operadores son entidades sin ánimo de lucro con experiencia acreditada, seleccionadas mediante licitación pública y obligadas a seguir el currículo oficial. El Estado financia, regula, supervisa y realiza el seguimiento, delegando únicamente la gestión diaria del servicio. Si alguien piensa en las charter schools estadounidenses, debe evitar la comparación: los Case tienen mucho menos autonomía y mayor supervisión pública.Hoy son 35 colegios que atienden a 38.726 estudiantes, cerca del 5,7 por ciento de la matrícula oficial, y sus estudiantes pertenecen, en promedio, a estratos más bajos que los del resto del sistema oficial bogotano.Una evaluación externa, realizada por la Unión Temporal Servicio Educativo –integrada por el Centro Nacional de Consultoría e Ingeplan.Co–, siguió desde Transición las trayectorias de más de 300.000 estudiantes de las cohortes 2010–2024 y comparó los 35 Case con 35 colegios oficiales similares en tamaño, antigüedad, ubicación y pobreza del entorno. El levantamiento de información propia en esos 70 planteles fue de una escala inusual en el país: 6.722 pruebas de lenguaje y matemáticas y 6.171 de habilidades socioemocionales a estudiantes de 3.º, 5.º, 7.º, 9.º y 11.º; 701 pruebas diagnósticas a niños de Transición; y 719 encuestas a docentes, rectores y personal administrativo. En total, más de 14.000 aplicaciones, además de la observación directa de la infraestructura de cada colegio.Lo importante es que no se trata de comparar promedios. Se aplicaron métodos rigurosos de evaluación de impacto, diseñados para aislar el efecto del colegio de todo lo demás que distingue a un estudiante de otro: el origen familiar, el barrio donde vive y su trayectoria previa. Llegan más lejosEl primer resultado tiene que ver con algo que el sistema educativo colombiano hace mal: mantener a los estudiantes en el grado que les corresponde. Repetir, interrumpir y trasladarse son casi la norma, y cada uno de esos episodios eleva el riesgo de deserción. (Gráfico 1)Brecha de deserción entre los estudiantes Foto:Archivo particularLa distancia entre las dos líneas se abre desde el primer año y no se cierra nunca. Al cabo de nueve años, seis de cada diez estudiantes que entraron a un CASE siguen al día; en los colegios comparables, solo cuatro de cada diez.Las estimaciones de impacto lo confirman. Estudiar en un Case aumenta en 11,8 puntos porcentuales la probabilidad de alcanzar el grado 11.º; si se exige una trayectoria continua y oportuna, el efecto sube a 14,9 puntos porcentuales, lo que representa una mejora del 34 por ciento frente al grupo de comparación. Y la permanencia no es solo en el sistema, sino en el mismo colegio: la diferencia en continuidad institucional llega a 24 puntos porcentuales en 11.º.Saber 11: el examen En Colombia, Saber 11 no es un termómetro más. Es el único examen que presentan prácticamente todos los estudiantes del país al terminar la media, y su puntaje determina el acceso a las universidades públicas, la elegibilidad para créditos y becas del Icetex, y buena parte de las oportunidades que un joven tendrá a los dieciocho años. Para un estudiante de estrato bajo en Bogotá, tres o cuatro puntos pueden ser la diferencia entre entrar a la Universidad Nacional o a la U. Distrital, u obtener una beca en una universidad de alta calidad y no entrar a ninguna parte. Es la prueba de fuego (gráfico 2).La brecha es persistente: se mantiene a lo largo de diez cohortes, atraviesa la caída generalizada de la pandemia y sobrevive a la recuperación posterior. No es el resultado de un buen año ni de una cohorte afortunada.Brecha en pruebas Saber Foto:Archivo ParticularLos promedios simples, sin embargo, no bastan. Cuando se aplican los modelos de impacto, el resultado se sostiene: los estudiantes que iniciaron su trayectoria en un Case obtienen 10,6 puntos adicionales en el puntaje global, 1,8 en lectura crítica y 3,3 en matemáticas. Y hay razones para pensar que estas cifras subestiman el efecto: como el modelo retiene a estudiantes que, en otras condiciones, habrían desertado, el grupo que llega a presentar el examen incluye jóvenes que en los colegios de comparación ya no están.La evaluación también estimó en qué parte de los estudiantes se concentra la mejora, y el efecto más grande se observa en los más desventajados. Entre todos los niños que entraron a primero, la probabilidad de llegar a 11.º, presentar el examen y superar el umbral del 10 por ciento más bajo es 17,9 puntos porcentuales mayor en los Case: casi 70 por ciento, frente al 51,9 por ciento de los colegios de comparación. El modelo no está puliendo a los mejores estudiantes; está rescatando a los que el sistema suele perder. El efecto es positivo en toda la distribución, incluso en el 10 por ciento superior, pero es en el piso donde cambia más vidas.Las pruebas aplicadas por la evaluación lo confirman con otra fuente, con una ventaja en competencias globales de una magnitud alta para una intervención educativa. Y hay un detalle decisivo. En Transición no existe ninguna diferencia entre los dos grupos: los niños llegan con la misma alfabetización temprana, las mismas habilidades matemáticas tempranas y el mismo funcionamiento ejecutivo. La ventaja aparece después y, con los años, crece en el modelo. No es selección; es efecto.El impacto sobrevive al colegio: haber estudiado en un Case aumenta en 12,6 puntos porcentuales la probabilidad de acceder a la educación superior y en 11,0 puntos porcentuales el tránsito inmediato tras la graduación. En una ciudad donde apenas un tercio de los egresados oficiales llega a la educación superior, ese diferencial cambia trayectorias de vida.¿Por qué funciona?A nuestro juicio, este es el hallazgo más importante, y no tiene que ver con la figura contractual. El examen de los mecanismos muestra que el efecto no pasa por el modelo de gestión en abstracto, sino por prácticas pedagógicas concretas que ese modelo convierte en rutina.Los números son elocuentes. El 90 por ciento de los docentes Case reportan observación de clase con retroalimentación, frente al 21 por ciento en los colegios de comparación; el 62 por ciento recibe acompañamiento o mentoría pedagógica, frente al 16 por ciento. Los rectores Case superan a sus pares en las seis dimensiones de gestión evaluadas, con las mayores brechas en talento humano, seguimiento pedagógico y uso de la evidencia.No es que los Case tengan Plan Educativo Institucional (PEI) y los demás no. Es que allí el PEI, el seguimiento individual y la alerta temprana ante el rezago funcionan como rutinas y no como documentos archivados. Un rector lo describe así: a mitad de cada trimestre se convoca a los padres de los estudiantes con mayor reprobación y se activa un plan de nivelación, como si el año estuviera por terminar. Eso no requiere una ley. Requiere que alguien lo haga cada año.El valor presente de la canasta educativa se estima en $ 34,9 millones por estudiante en los Case, frente a $ 48,7 millones en los colegios distritales comparables: 28,4 por ciento menos. Al mismo tiempo, el valor presente de los ingresos laborales esperados de sus egresados es 13,9 por ciento mayor. La relación beneficio/costo resultante es de 10,52 en los Case, frente a 6,63 en los comparables.En costo-efectividad, la ventaja se repite: 96 por ciento más puntos porcentuales de graduación oportuna por millón de pesos invertidos, 43 por ciento más puntos de Saber 11, 79 por ciento más acceso a educación superior. Es infrecuente encontrar en la política social algo que mejore los resultados y ahorre recursos al mismo tiempo. Esto lo hace.Después de veinte años, el modelo Case funciona. Produce mejores trayectorias, mejores aprendizajes, mayor acceso a la educación superior y mayor valor por cada peso público invertido, atendiendo a estudiantes de estratos más bajos que el promedio oficial de la ciudad. La evidencia respalda con holgura su continuidad y justifica considerar su expansión gradual hacia contextos similares a los evaluados.Pero conviene decir con la misma claridad qué respalda la evidencia, porque de ello depende que el resultado se repita. Lo que funciona no es la administración no estatal como tal: es esta, con operadores sin ánimo de lucro seleccionados por licitación, sin capacidad de escoger estudiantes, sujetos a supervisión distrital y a seguimiento de resultados, y con continuidad pedagógica suficiente para que las prácticas se consoliden. La pregunta, entonces, no es quién administra. Es bajo qué reglas, con qué capacidades, con qué incentivos y con qué rendición de cuentas se administra. Bogotá lleva veinte años respondiéndola bien. Vale la pena mirar cómo lo hizo. ¿Cómo se midió?El problema de fondo de cualquier evaluación educativa es fácil de enunciar y difícil de resolver: los niños que llegan a un colegio no son iguales a los que llegan a otro. Si las familias de los estudiantes Case estuvieran más pendientes, la diferencia no diría nada sobre el colegio.La evaluación lo resolvió por dos caminos independientes. El primero fue emparejar colegios: a cada Case se le buscó un colegio oficial lo más parecido posible en tamaño, antigüedad, ubicación y pobreza del entorno. El segundo aprovechó un accidente geográfico: que una familia viva más cerca de un Case depende de dónde consiguió vivienda, no de cuánto le importa la educación de sus hijos. Esa cercanía funciona como un sorteo que permite compararlos casi como si hubieran sido asignados al azar.Ambos llegaron al mismo resultado. Y hay una verificación decisiva: en Transición, antes de que el colegio haya podido hacer nada, los dos grupos son indistinguibles. Si la ventaja viniera de las familias, se vería desde el primer día. Una advertencia: los resultados describen lo que ocurre con los niños que viven cerca de un Case, no lo que pasaría si el modelo se extendiera a toda la ciudad. Sigue toda la información de Vida en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.






