0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialContinúa el espectáculo del Barça de Hansi Flick, que salta al campo como si le debiera dinero a la gente. No hay minuto soso o especulativo en su manera de entender el fútbol, haga un sol que arranca la piel o comparezca una tormenta salvaje de septiembre caída en diferido, esto es, mucho más tarde que en el horario anunciado.Los jugadores azulgrana, al contrario que el Meteocat, llegaron puntualísimos al partido. Raphinha marcó el primero a los tres minutos bajo una lluvia intensa, poseído cual gremlin empapado en agua. El resto de compañeros no pararon hasta meter (otra vez) cinco como si se lo hubieran propuesto antes de salir.Los seguidores salen del Spotify Camp Nou recreando lo visto; nadie habla del dichoso Balón de OroEs este un equipo que se ha olvidado de contemporizar, entiende la prisa como una virtud porque ha comprendido que se desenvuelve bien a toda velocidad. Ir demasiado rápido puede ser contraproducente a no ser que ejecutes los movimientos planificados con una celeridad que desordena y noquea al rival. La pausa, asociada al buen juego con razón, tiene sentido para resetearse, volver a empezar, reorganizarse, neutralizar el dominio o los contragolpes del rival si es que se dan. No es el caso de los blaugrana en este inicio de temporada, entregados a un acoso y derribo del adversario como si hacerlo así puntuara más que ganando sin más. Llegarán partidos en los que recurrir a cierta ralentización (Rodri es un maestro zen en esas artes y Pedri no hace falta recordarlo), pero la pausa sin motivo retrasa las acciones. Y el Barça, de momento, ni la quiere ni la necesita.La velocidad eleva el ritmo de los partidos y los hace muy divertidos. Es esa una característica del equipo de Flick, el de la diversión, que no cabe ocultar sino resaltar. El mundo está como está, así que la aparición de un equipo de fútbol que entiende su profesión como una oportunidad para entretener hay que abrazarla, celebrarla y, si hace falta, amordazarla a base de elogios por si se le ocurre desaparecer.Raphinha inauguró el marcador bajo la lluvia y lo celebró a lo grande junto a Koundé LLUIS GENE / AFPEl fútbol, cuando se juega así, tan radicalmente ofensivo y colectivo, se eleva por encima de todo y empequeñece los accesorios que tanto distraen de lo nuclear.Hablemos del dichoso premio.No conozco a ninguna afición que se haya echado a la calle para celebrar la elección de un Balón de Oro. El reconocimiento suele ser inducido: se aprovecha la previa de un partido para que el futbolista agraciado ofrezca el trofeo a su gente. Son de 30 a 60 segundos de acto si me apuran.En los últimos años el desequilibrio entre el interés real que concita la votación y el mediático llega a ser irritante. Es obvio que a los aspirantes les gusta ganarlo, y tampoco vamos a ningunear un galardón con un gran prestigio, pero la murga es de tales dimensiones que descubre la intención que esconde: provocar debates sobredimensionados, dopados por espacios televisivos que estiran el chicle hasta quitarle el sabor. El fútbol es un deporte colectivo jugado por individuos y sus efectos en los seguidores son sabidos: se basa en ver partidos, disfrutarlos o sufrirlos, evadirse y darles continuidad en casa, en el bar, en el trabajo o en el aula alimentando rivalidades seculares. Millones de aficionados sueñan con lograr Ligas y Champions, ascensos o salvaciones. Todavía me tienen que presentar a uno que vibre, lo que se dice vibrar, con el Balón de Oro.Cuando acabó el partido del Camp Nou, la felicidad de los seguidores era tan espesa al salir que costaba andar. Se interrumpían unos a otros rememorando lo acabado de vivir. No escuché a nadie referirse al Balón de Oro. Las ensoñaciones iban hacia otro lado. Eran colectivas.Redactor Jefe de Deportes de La Vanguardia. Antes subdirector de Mundo Deportivo. Colaborador habitual en medios como RAC1, Esport3 (TV3) y Catalunya Ràdio. Autor del libro 'Jugada personal'.
Fútbol, Barça y felicidad, por Joan Josep Pallàs
Continúa el espectáculo del Barça de Hansi Flick, que salta al campo como si le debiera dinero a la gente. No hay minuto soso o especulativo en su manera de entender el fútbol, haga un sol que arranca la piel o comparezca una tormenta salvaje de septiembre caída en diferido,...






