Uno de los efectos más inmediatos, hacia dentro del Gobierno, de la súbita “malvinización” mileísta es el reempoderamiento de Santiago Caputo, el asesor sin cargo cuyo declive parecía irrefrenable ante el avance de la hermanísima Karina. Es que de su mente partió la idea de aprovechar para la gran causa nacional, la reivindicación de la soberanía argentina sobre las Islas Malvinas, la ventana de oportunidad que abrió esa suerte de revisionismo oral emitido por Donald Trump sobre el tema. De poco importa que el presidente norteamericano haya dicho lo que dijo más para presionar a Gran Bretaña (por escamotearle apoyo en la guerra con Irán o en los fondos para la OTAN) que para ayudar a su amigo Javier Milei. Es también lo de menos que Trump haya dado muestras de que muchas veces su verba inflamada termina siendo llevada por el viento de una realidad que se contrapone a sus deseos. Lo cierto es que Caputo la vio, como señala el diccionario libertario que él mismo armó. Y diseñó la estrategia para la cadena nacional de la semana pasada y los anuncios de reciclar sanciones a empresas, reconstruir la base naval de Ushuaia y crear un Consejo de Seguridad Nacional.

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