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Acaba de anunciarse el fallecimiento del periodista Juan Guillermo Ríos, un reportero de toda la vida pero, además, un presentador de noticias —tal vez el primero en Colombia—, que se comportaba como un desparpajado animador de televisión, una combinación, hasta ese momento, impensable en el campo del periodismo profesional. Competía, así, con otros espacios y canales, en crecimiento de sus audiencias ¡Y con cuánto éxito! A los televidentes más formales de mediados de los 80 no les agradaba el estilo de Juan Guillermo. Lo juzgaban vanidoso, exhibicionista e irresponsable. Sin embargo, la gran mayoría de espectadores caía atrapada por sus coloridas vestimentas, el magnetismo de su gesticulación cuidadosamente ensayada y las inflexiones que le daba a su voz cuando se despedía, siempre, con la misma frase: “Paz, amor y… buen genio”. Cada noche terminaba sus intervenciones de ese modo, mientras inclinaba, levemente, su cuerpo hacia adelante, en ademán de acercarse a las cámaras como para darles la mano a sus miles de seguidores. A finales de 1985, el histórico Noticiero de las 7, criticado entonces por la presencia en el set del director, de elementos extraños al formato noticioso (cantantes, víctimas de robos, niños perdidos, etc.), arrasaba a sus rivales: tenía, según registros de las firmas que analizaban las audiencias, el 75% de la sintonía nacional. Juan Guillermo llegó a acumular tanto poder que se codeaba con el presidente de la República, Belisario Betancur, con sus ministros, con el procurador General y con todos los actores públicos de importancia en el país. También tenía interlocución con los líderes de la guerrilla más “popular” de la época, el M-19: Bateman, Fayad, Almarales, Toledo, lo consultaban, así como el propio Gobierno, sobre el curso del proceso de paz que el presidente Betancur había abierto con la esperanza de lograr “una tregua” de hostilidades entre el Estado y los rebeldes.