Son muchas las personas que últimamente han reconocido su arrepentimiento por haberse puesto carillas dentales, entre ellas el cantante Bad Bunny o la influencer Alix Earle, lo que ha provocado que en Estados Unidos ya se hable del fenómeno del veneer regret (el arrepentimiento de la carilla) y se compartan experiencias que van desde la sensibilidad dental crónica a una imagen de sonrisa excesivamente artificial. Es el último ejemplo de un debate clásico que explora esta vez el equilibrio entre el deseo estético y los efectos en la salud de una medicina de precisión.

“Hay bocas que pueden estar perfectamente sanas y que su color, forma o el tamaño dentario no sea favorable, en esos casos, y aunque la boca esté sana, el paciente puede no sentirse plenamente a gusto con con su estética”, ejemplifica el odontólogo Julián Saiz, de la junta del colegio oficial de dentistas de Sevilla, ya que la odontología no solo se ocupa de las patologías, sino también de la estética. Precisamente eso son las carillas, unas láminas muy finas, normalmente de porcelana, hechas a medida para cubrir los dientes y darles el tamaño, la forma y el color deseado.

“Hay que diferenciar dos cosas: por un lado está la salud bucodental y por otro la estética, ligada también a la funcionalidad”, precisa Saiz, que defiende que un tratamiento puramente estético nunca debe comprometer la integridad sanitaria de una boca y que no todos los pacientes son candidatos aptos para este tratamiento.