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Leí por primera vez Cien años de soledad a los 17 años, terminando mi bachillerato, cuando ya tenía claro que iba a estudiar literatura. Lo hice con el mismo asombro con el que García Márquez leyó a Kafka, desconcertada y a la vez fascinada con una manera de narrar que no tenía nada que ver con el realismo de la novela europea en el que me había hecho lectora. Y durante unas vacaciones en la casa de una compañera de colegio, en Sincelejo, donde iba descubriendo una cultura totalmente distinta de la de los cachacos, que es en la que he vivido desde los ocho años.
Tiempo después, en la universidad, dicté en reiteradas ocasiones un curso sobre la obra de García Márquez, con énfasis en esa obra infinita que es Cien años de soledad. Tal vez por todos estos antecedentes fui una de las muchas personas que miramos con escepticismo que la historia fuera llevada a la pantalla. Me aterrorizaba, por una parte, perder las imágenes que fijó mi imaginación —mi Úrsula, mi coronel Aureliano, mi Fernanda del Carpio—, y por otra, que convirtieran la novela en un pastiche saturado de mariposas amarillas y tropicalismos. Confieso que la primera parte llegó a mortificarme, sobre todo en los inicios, pero la fui encontrando mejor a medida que avanzaba. Y escribo esta columna básicamente para celebrar los extraordinarios logros de la segunda parte, que tuvo una producción deslumbrante, capaz de captar el paso del tiempo en Macondo, con sus bonanzas y sus decrepitudes, y de crear unas atmósferas poéticas que García Márquez habría celebrado.









