El trumpismo tiene mucho de batalla cultural permanente: contra lo que denominan wokismo, es decir, contra los avances feministas y LGTBIQ+. Y, también, contra quienes no reprimen la migración como hace la Administración Trump, hasta el punto de amparar a los agentes federales que asesinan a ciudadanos estadounidenses que se interponen en la represión ejercida por el ICE.
Y esa batalla no se queda en lo cultural, también se traslada al barro político, a la injerencia para tumbar Gobiernos y aumentar su área de influencia. Así, Donald Trump ha logrado sostener políticamente a Javier Milei y ha conseguido el cambio en Honduras y Colombia, por ejemplo, además de reforzar a Noboa en Ecuador y a Bukele en El Salvador, por ejemplo.
En Europa, donde su influencia es más débil por el enorme rechazo que genera, no ha conseguido mejorar los resultados de AfD ni la reelección de Viktor Orbán, pero sí que la presidencia de Polonia siga en manos del ultraconservador PiS y acaricia la idea de ver a Nigel Farage gobernando el Reino Unido. Pero hasta Giorgia Meloni y Marine Le Pen han mostrado distancias con la Casa Blanca por sus ataques virulentos contra la Iglesia católica, la unilateral e ilegal guerra contra Irán, que ha causado el caos en el comercio mundial de petróleo, sus amenazas arancelarias y sus pulsiones imperialistas sobre territorios como Groenlandia.















