Argentina necesita invertir más. Es difícil encontrar un diagnóstico económico sobre el país que no incluya, entre sus problemas estructurales, la insuficiente acumulación de capital. Faltan infraestructura, maquinaria, viviendas, tecnología y, en muchos sectores, capacidad productiva. La productividad crece poco y el stock de capital por trabajador es bajo. Así, cuesta mucho generar empleo bien remunerado.
Pero la discusión sobre cómo aumentar la inversión suele concentrarse en una sola mitad del problema: generar condiciones para que alguien quiera invertir. Menos atención recibe una pregunta bastante más elemental: ¿con qué recursos se financia esa inversión?
En última instancia, la inversión de una economía se financia con ahorro propio o con ahorro proveniente del exterior. No importa demasiado, para este argumento, qué variable se mueve primero. Una mejora de expectativas puede impulsar la inversión y generar después los ingresos que permiten ahorrar; un aumento del ahorro puede facilitar nuevas inversiones; el crédito puede modificar las decisiones de gasto. Pero los recursos tienen que aparecer de algún lado.
Y los últimos datos no son demasiado alentadores. Durante 2025, según el Indec, el ahorro nacional representó apenas 12% del PIB, frente a 15,7% un año antes. La caída fue importante: el consumo privado y público aumentó su participación en el producto y redujo, como contrapartida, la proporción del ingreso que quedó disponible para ahorrar. Al mismo tiempo, la inversión alcanzó 13,1% del PIB. Es decir, Argentina invirtió algo más de lo que ahorró y recurrió a ahorro externo por aproximadamente 1,1% del producto.







