Cuando los jugadores argentinos desplegaron la famosa bandera sobre las Malvinas, el Presidente, la ministra de Seguridad y algunos militantes digitales libertarios tomaron distancia de la actitud. Era lógico: si el Presidente es pro-Occidente y admirador de Thatcher, no tenía sentido salirse de los carriles de lo deportivo. Pero luego pasaron cosas… Aunque parezca mentira, eso ocurrió hace escasos cincuenta días. Después entramos en la polémica sobre la final del Mundial y la supuesta campaña anti-Argentina, a lo cual el Javo le dio entidad cuando fue a Brasil a un acto de Bolsonaro Jr., y nos puso en tensión diplomática. Ahora la oportunidad la dio el amigo americano. La circunstancia: un persistente mal humor en la mayoría de la opinión pública basado, sobre todo, en una economía de calle que no arranca, y que dispara interrogantes sobre el resultado electoral de 2027. ¿Fue una jugada astuta la de subirse al ring aprovechando la fibra popular? Sin duda. Es una versión aggiornada del famoso “Si no le podemos dar pan, por lo menos démosle presos”. En este caso sería reivindicación soberanista. Distrajo la agenda de lo esencial, se la impuso a la oposición que se sintió incómoda (un rato). Algunas voces llegaron a decir que la cadena nacional había sido “una de las acciones políticas más inteligentes de su mandato”. ¿Será así? Para sostener semejante afirmación (y no perder la objetividad periodística), se deben analizar los hechos en el mediano y largo plazo, y en una diversidad de enfoques.