Noticia Exclusivo suscriptores Acaba de emprender su viaje para observar miles de millones de estrellas y galaxias. Buscará pistas sobre la materia y la energía oscuras.El trayecto y la puesta en servicio de Roman tomarán alrededor de tres meses. Foto: Nasa05.09.2026 05:01 Actualizado: 05.09.2026 22:01
En la mañana del 30 de agosto, un cohete Falcon Heavy despegó desde el Centro Espacial Kennedy, en Florida, llevando en su interior una de las máquinas científicas más esperadas de nuestro tiempo. Mientras el vehículo se elevaba sobre una columna de fuego, comenzaba también el viaje del telescopio espacial Nancy Grace Roman hacia una región situada a cerca de 1,5 millones de kilómetros de la Tierra. Desde allí, este nuevo observatorio estudiará miles de millones de estrellas y galaxias con una combinación inédita de amplitud, nitidez y velocidad. Roman no ha sido construido para reemplazar al telescopio espacial Hubble ni al James Webb, sino para completar sus miradas y descubrir aquello que solo puede encontrarse cuando, en lugar de concentrarnos en un pequeño fragmento del cielo, abrimos de par en par una enorme ventana hacia el cosmos. LEA TAMBIÉN La historia que condujo hasta este lanzamiento comenzó siglos antes, cuando los primeros telescopios permitieron que la humanidad prolongara el alcance de sus ojos. Desde las observaciones de Galileo en 1609, cada generación de instrumentos fue aumentando el diámetro de las lentes y los espejos, perfeccionando sus monturas e incorporando cámaras y espectrógrafos capaces de descomponer la luz de las estrellas. Sin embargo, por más grandes que fueran los observatorios construidos sobre montañas, todos tenían que mirar a través de la atmósfera terrestre, esa envoltura indispensable para la vida que, al mismo tiempo, agita las imágenes, absorbe ciertas longitudes de onda y añade su propio brillo al débil resplandor de los objetos más distantes.A mediados del siglo XX, cuando los cohetes dejaron de pertenecer exclusivamente a la imaginación, algunos científicos comenzaron a pensar que la solución consistía en llevar los telescopios por encima de aquella barrera. En 1946, el astrofísico Lyman Spitzer expuso las ventajas de instalar un gran observatorio fuera de la atmósfera, donde las estrellas ya no titilarían y sería posible estudiar regiones del espectro electromagnético que nunca alcanzan la superficie terrestre. Aquella propuesta era tecnológicamente prematura, pero contenía una intuición que transformaría la astronomía. El espacio no debía ser solamente un lugar que pudiéramos explorar con sondas y naves, sino también la plataforma más privilegiada desde la cual observar el universo. LEA TAMBIÉN Los primeros pasos fueron pequeños y arriesgados. Cohetes de sondeo y satélites experimentales comenzaron a registrar radiación ultravioleta, rayos X y otras formas de luz invisibles para nuestros ojos, hasta que en 1968 el Orbiting Astronomical Observatory 2 demostró que era posible mantener un telescopio funcionando en órbita y realizar observaciones científicas durante largos periodos. Después llegaron misiones dedicadas al Sol, al fondo cósmico de microondas, a las fuentes de rayos gamma y al universo infrarrojo. La astronomía dejó entonces de depender de una única ventana visible y comenzó a descubrir que el cielo cambiaba radicalmente según la energía con la que fuera observado.En medio de esa transformación apareció Nancy Grace Roman, una astrónoma cuya historia personal quedó unida para siempre al nacimiento de los observatorios espaciales.Telescopio Espacial Roman, de la Nasa Foto:NasaLa mujer que inspiróRoman nació el 16 de mayo de 1925 en Nashville, Tennessee, en una familia donde convivían el arte y la ciencia. Su madre era profesora de música, y su padre trabajaba como geofísico, una combinación que quizá haya ayudado a alimentar en ella tanto la sensibilidad como la curiosidad. Debido al trabajo de su padre, la familia se trasladó varias veces, y cuando Nancy tenía once años y vivía en Reno, Nevada, reunió a varias compañeras para formar un club de astronomía. Cada semana se encontraban para aprender con un libro a reconocer constelaciones y objetos celestes, una iniciativa sencilla que revela algo esencial de su personalidad. Antes de tener un telescopio espacial bajo su responsabilidad, ya había entendido que explorar el cielo podía ser una tarea colectiva.Su decisión de convertirse en astrónoma no fue recibida con el mismo entusiasmo por todos los adultos que la rodeaban. En una época en la que las mujeres eran apartadas sistemáticamente de muchas carreras científicas, algunos profesores intentaron persuadirla de buscar un camino considerado más apropiado. Roman, sin embargo, estudió Astronomía en Swarthmore College (Pensilvania) y posteriormente ingresó a la Universidad de Chicago, donde obtuvo su doctorado en 1949. Su formación se desarrolló en el entorno del Observatorio Yerkes (Wisconsin), uno de los centros astronómicos más importantes de Estados Unidos, en el que también habían trabajado figuras como Edwin Hubble y Subrahmanyan Chandrasekhar.Durante aquellos años, Roman estudió los espectros, movimientos y composiciones de las estrellas, aprendiendo a extraer información física de los pequeños rasgos contenidos en su luz. Aunque había demostrado su capacidad como investigadora y llegó a formar parte del personal académico de Yerkes, comprendió que, por ser mujer, sus posibilidades de obtener una posición estable eran muy reducidas. No abandonó la astronomía, pero sí tuvo que buscar otro escenario para ejercerla. En 1955 ingresó al Laboratorio de Investigación Naval de Estados Unidos, donde se adentró en el entonces novedoso campo de la radioastronomía, realizó trabajos relacionados con fuentes de radio y geodesia y llegó a dirigir la sección de espectroscopia de microondas. Aquel paso le permitió conocer el lenguaje de los ingenieros y entender cómo las preguntas científicas debían convertirse en requisitos técnicos, una habilidad que resultaría fundamental durante la siguiente etapa de su carrera. LEA TAMBIÉN La llegada a la NasaLa oportunidad apareció de una manera casi casual. Mientras asistía a una conferencia del químico Harold Urey, Roman fue abordada por Jack Clark, quien le preguntó si conocía a alguien que pudiera estar interesado en crear un programa de astronomía espacial para la recién fundada Nasa. En lugar de limitarse a sugerir un nombre, ella interpretó la pregunta como una invitación y presentó su propia candidatura. Ingresó a la agencia en 1959, apenas unos meses después de su creación, y poco después se convirtió en su primera jefa de Astronomía y en la primera mujer que ocupó un cargo ejecutivo dentro de la institución. LEA TAMBIÉN Su trabajo no consistía solamente en decidir qué telescopios debían construirse. Roman tuvo que recorrer universidades, conversar con astrónomos que defendían intereses científicos diferentes, identificar las preguntas más importantes y convertirlas en un programa coherente que pudiera ser explicado a ingenieros, administradores y miembros del Congreso. También impulsó programas de financiación para investigadores y supervisó el desarrollo de satélites astronómicos y observatorios solares. En aquellos años iniciales, cuando todavía no existía una tradición consolidada de astronomía espacial, ella ayudó a establecer los mecanismos mediante los cuales una idea científica podía transformarse en una misión.Uno de los proyectos más difíciles fue el llamado Gran Telescopio Espacial, una propuesta que debía reunir a una comunidad dividida sobre el tamaño del instrumento, sus capacidades y sus prioridades científicas. Roman comprendió que el desafío no era únicamente tecnológico, pues antes de pulir el espejo era necesario construir un consenso, garantizar una financiación sostenida y convencer a los responsables políticos de que valía la pena invertir durante décadas en una máquina destinada a responder preguntas que todavía no podían formularse por completo. Su labor fue decisiva para que el proyecto recibiera respaldo y avanzara hasta convertirse en el telescopio espacial Hubble, razón por la cual sus colegas comenzaron a llamarla la madre del Hubble.Cuando el Hubble fue lanzado en 1990, Nancy Roman llevaba más de una década retirada de la Nasa, pero una parte esencial de aquella misión había nacido de las decisiones que tomó cuando la astronomía espacial apenas comenzaba. El telescopio superó el problema inicial de su espejo defectuoso y terminó transformando nuestra comprensión del universo. Midió con mayor precisión su expansión, ayudó a establecer su edad, observó galaxias muy jóvenes, estudió la formación de estrellas y produjo algunas de las imágenes científicas más reconocibles de la historia. Más importante aún, demostró que un observatorio espacial podía convertirse en una instalación abierta a investigadores de numerosos países y mantener su relevancia durante varias generaciones.A su alrededor se desarrolló la familia de los Grandes Observatorios de la Nasa. Compton estudió el violento cielo de rayos gamma, Chandra reveló el universo caliente y energético de los rayos X, y Spitzer penetró con su visión infrarroja las regiones ocultas por polvo. Más tarde, Kepler observó durante años el brillo de miles de estrellas y mostró que los planetas eran una consecuencia común de la formación estelar, mientras que misiones como Tess ampliaron esa búsqueda hacia los sistemas más cercanos. Cada telescopio fue diseñado para mirar un aspecto diferente del cosmos, confirmando que el progreso de la astronomía no depende de un único instrumento gigantesco, sino de la capacidad de combinar observaciones realizadas con distintas escalas, longitudes de onda y estrategias.Telescopio Espacial Nancy Grace Roman previo a su acoplamiento con un cohete Falcon Heavy de SpaceX. Foto:EFETelescopio James WebbEsa evolución alcanzó otro momento decisivo con el lanzamiento del telescopio espacial James Webb en diciembre de 2021. Su espejo segmentado de 6,5 metros, y sus instrumentos infrarrojos le permiten captar la tenue luz de galaxias formadas durante las primeras etapas del universo, observar estrellas y planetas naciendo dentro de nubes de polvo, y analizar las atmósferas de algunos mundos que orbitan otras estrellas. Webb posee una sensibilidad extraordinaria y puede estudiar con enorme detalle objetos muy débiles y distantes, aunque su campo de visión es relativamente reducido. Es un instrumento concebido para profundizar, como si el universo fuera un libro del que quisiéramos examinar cuidadosamente una página o incluso una palabra.El telescopio Roman responde a una necesidad diferente, porque la astronomía moderna no solo requiere ver más profundamente, sino también descubrir cómo se relacionan entre sí los objetos distribuidos en regiones inmensas. La misión fue conocida inicialmente como Wide Field Infrared Survey Telescope, o Wfirst, hasta que en 2020 la Nasa decidió darle el nombre de Nancy Grace Roman. La elección no fue meramente ceremonial. Si ella había dedicado su carrera a crear una visión amplia y organizada de la astronomía espacial, resultaba apropiado que su nombre quedara asociado a un observatorio cuya característica principal sería, precisamente, la amplitud de su mirada. LEA TAMBIÉN Las características del RomanRoman posee un espejo principal de 2,4 metros de diámetro, el mismo tamaño que el del Hubble, aunque mucho más liviano, gracias a los avances tecnológicos ocurridos durante las últimas décadas. La gran diferencia se encuentra en el instrumento que recibirá la luz reflejada por ese espejo. Su cámara de campo amplio, sensible principalmente al infrarrojo cercano, está formada por 18 detectores y alcanza cerca de 300 megapíxeles. Con ella podrá producir imágenes de una nitidez comparable a las del Hubble, pero cubriendo en cada exposición un área del cielo al menos cien veces mayor y ligeramente más extensa que el tamaño aparente de la Luna llena.Una manera de comprender esta diferencia consiste en imaginar que Hubble, Webb y Roman observan una ciudad desconocida. Hubble sería capaz de mostrarnos con admirable claridad algunas calles, edificios y jardines, mientras Webb dirigiría su enorme sensibilidad hacia una ventana distante para estudiar lo que ocurre en su interior. Roman, en cambio, produciría un mapa panorámico de barrios enteros sin renunciar al detalle, lo que le permitiría encontrar lugares inusuales, reconocer patrones y señalar a los otros telescopios dónde conviene mirar con mayor profundidad. Gracias a esta capacidad podrá examinar el firmamento hasta mil veces más rápido que Hubble, convirtiéndose en una formidable máquina de descubrimientos.Su posición también será distinta a la del Hubble, que permanece en una órbita relativamente cercana a la Tierra y pudo ser visitado por astronautas para reparar y actualizar sus instrumentos. Roman viajará hacia el punto de Lagrange L2 del sistema formado por el Sol y la Tierra, la misma región en la que opera el James Webb. Allí podrá mantener una geometría térmica estable y observar grandes zonas del cielo. El trayecto y la puesta en servicio tomarán alrededor de tres meses, durante los cuales cada sistema deberá ser encendido, probado y calibrado. Si todo avanza como está previsto, sus primeras imágenes científicas serán conocidas a comienzos de 2027. LEA TAMBIÉN Una vez comience a trabajar, una de sus principales tareas será estudiar el llamado universo oscuro. La materia ordinaria que forma estrellas, planetas, seres humanos y todo aquello que podemos tocar representa apenas una fracción del contenido cósmico. Una cantidad mucho mayor parece corresponder a materia oscura, que no emite ni absorbe luz, pero cuya gravedad influye en el movimiento de las galaxias y en la formación de las grandes estructuras. A ella se suma la energía oscura, el nombre provisional que damos a la causa desconocida de la expansión acelerada del universo.Telescopio Espacial Nancy Grace Roman durante su despegue el 30 de agosto. Foto:AFPCómo funcionaráRoman abordará estos enigmas mediante varios métodos independientes. Observará más de mil millones de galaxias, medirá cómo se agrupan a lo largo de enormes distancias y registrará las pequeñas deformaciones que la gravedad de la materia produce en sus imágenes. Estas lentes gravitacionales débiles permitirán construir mapas de la distribución de materia oscura, mientras que la observación repetida de supernovas de tipo Ia ayudará a reconstruir la historia de la expansión cósmica. Al combinar todas estas mediciones, los astrónomos podrán comprobar si la energía oscura ha permanecido constante o si ha cambiado a medida que el universo envejecía, una diferencia que podría obligarnos a modificar algunas de nuestras ideas fundamentales sobre la gravedad, el espacio y el tiempo.La amplitud de Roman será igualmente decisiva en la búsqueda de otros mundos. El telescopio observará densos campos de estrellas hacia el centro de la Vía Láctea y medirá continuamente sus variaciones de brillo. En ocasiones, una estrella pasará casi exactamente frente a otra más distante y su gravedad actuará como una lupa, aumentando temporalmente la luz del objeto situado detrás. Si la estrella más cercana posee un planeta, la gravedad de ese mundo introducirá una pequeña alteración adicional en la señal, permitiendo detectar cuerpos que de otra manera permanecerían invisibles.Este fenómeno, conocido como microlente gravitacional, es especialmente sensible a planetas pequeños y con órbitas amplias, semejantes a la Tierra, Marte, Urano o Neptuno, que son difíciles de encontrar mediante los métodos empleados hasta ahora. Roman podría descubrir más de mil planetas por esta técnica, además de mundos errantes expulsados de sus sistemas que viajan por la galaxia sin orbitar ninguna estrella. Como vigilará simultáneamente cientos de millones de astros, sus observaciones también podrían revelar alrededor de cien mil planetas mediante tránsitos, cuando estos pasan frente a sus estrellas y bloquean una diminuta fracción de su luz. LEA TAMBIÉN La misión incluye, además, un coronógrafo experimental diseñado para ocultar el intenso resplandor de una estrella y obtener imágenes directas de planetas gigantes y discos de material situados a su alrededor. Intentar observar un planeta junto a su estrella equivale a distinguir una luciérnaga que revolotea al lado de un potente reflector, por lo que Roman utilizará máscaras, sensores y espejos deformables capaces de corregir las imperfecciones de la luz en tiempo real. Aunque este instrumento es principalmente una demostración tecnológica, sus resultados prepararán el camino para futuros telescopios que intentarán fotografiar mundos semejantes a la Tierra y estudiar sus atmósferas en busca de condiciones relacionadas con la habitabilidad.A estas investigaciones previstas se sumará el estudio de un cielo cambiante que apenas hemos comenzado a explorar. Al regresar repetidamente sobre las mismas regiones, Roman podrá descubrir supernovas, estrellas variables, galaxias activas, asteroides distantes, planetas errantes y agujeros negros aislados que revelan su presencia al desviar la luz de objetos más lejanos. Muchos de estos fenómenos son raros o duran poco tiempo, de modo que encontrarlos requiere observar extensiones enormes del firmamento con suficiente frecuencia. La mirada panorámica de Roman permitirá pasar de las fotografías individuales a una especie de película del universo, para reconocer dónde se encuentran los objetos y cómo cambian.Esa capacidad tendrá un costo en información. Durante su misión principal de cinco años, el telescopio podría producir cerca de veinte petabytes de datos y enviar alrededor de 1,4 terabytes cada día, más que cualquier misión astrofísica anterior de la Nasa. Analizar semejante volumen exigirá combinar la experiencia de los astrónomos con inteligencia artificial, aprendizaje automático y proyectos de ciencia ciudadana. También abrirá oportunidades para comunidades científicas alejadas de los grandes centros espaciales, porque los datos procesados estarán disponibles públicamente y podrán ser estudiados por investigadores y estudiantes de numerosos países, incluida Colombia. La próxima generación de descubrimientos dependerá de quién posea el telescopio, pero principalmente de quién sea capaz de formular las mejores preguntas frente a sus archivos.Nancy Grace Roman murió en 2018, dos años antes de que la Nasa rebautizara la misión en su honor, y no pudo ver despegar el observatorio que ahora lleva su nombre. Sí alcanzó, sin embargo, a contemplar los frutos de aquella astronomía espacial que había ayudado a organizar desde sus primeros años. Cuando le preguntaron cuál consideraba el descubrimiento más interesante del Hubble, respondió que la energía oscura, justamente uno de los grandes misterios que el nuevo telescopio intentará esclarecer. En esa coincidencia hay una continuidad especialmente hermosa. La astrónoma que ayudó a crear el Hubble será recordada por una misión que partirá de uno de sus hallazgos más desconcertantes para tratar de comprender el destino del universo. Sin embargo, la historia de la astronomía nos enseña que los grandes telescopios suelen ser recordados por hallazgos que no figuraban en sus programas iniciales. Por eso, la mayor promesa de Roman no se encuentra solamente en las respuestas que ofrecerá, sino en las nuevas preguntas que obligará a formular.SANTIAGO VARGAS DOMÍNGUEZ (*)Para EL TIEMPO(*) Doctor en Astrofísica y profesor del Observatorio Astronómico Nacional de Colombia. Sigue toda la información de Vida en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.















