No existe una hora universal —como la una de la tarde— a partir de la cual, comer sea menos sano. Lo que sí indica la evidencia científica es que el momento de la ingesta importa. En términos generales, concentrar una mayor parte de la energía en las horas activas del día y evitar desplazar comidas abundantes hacia la noche parece más favorable para la salud metabólica. Aun así, el horario debe interpretarse junto con la calidad y cantidad de la dieta, el sueño, la actividad física, el cronotipo y las circunstancias de cada persona.

Pero también tengo que decirte que los estudios más relevantes sí indican algo en la dirección de tu pregunta. La pionera de esta investigación es Marta Garaulet, catedrática de nutrición en la Universidad de Murcia. Fue la primera que, en Estados Unidos y con el profesor José María Ordovás, empezó a estudiar un área derivada de la cronobiología que se denomina crononutrición.

La cronobiología es la ciencia que estudia cómo los procesos biológicos de los seres vivos cambian de forma rítmica a lo largo del tiempo, y eso lo vemos en la naturaleza. Por ejemplo, hay flores que por la mañana se abren y por la noche se cierran. Los seres humanos no somos ajenos a ese entorno ambiental y funcionamos con ritmos. Eso es lo que estudia la cronobiología, esas variaciones periódicas. Estos ritmos pueden ser mensuales, como el de la menstruación, o pueden ser circadianos, ritmos de 24 horas que participan en la regulación del sueño y la vigilia, la temperatura corporal, la presión arterial, la secreción hormonal y también el metabolismo de la glucosa y de los lípidos.