Hay palabras pronunciadas con odio y hay palabras que construyen odio, no es lo mismo. Las primeras pueden ser desagradables, ofensivas, incluso profundamente hirientes, y seguir formando parte de una libertad de expresión que también protege aquello que molesta, incomoda o indigna. Las segundas hacen algo bien diferente: identifican a alguien (que pertenece a un grupo especialmente vulnerable desde el marco de los derechos humanos) como enemigo, lo convierten en amenaza, en peligro, lo deshumaniza y buscan que otros lo reconozcan también como tal para violentarlo. Distinguir unas palabras de otras, un lenguaje de otro se ha vuelto especialmente importante en este momento en España. Identificar cuándo el odio deja de ser una emoción o un lenguaje desagradable y se convierte en una herramienta de movilización contra alguien es, en este momento, fundamental porque nos estamos jugando la democracia en las calles, ya no solo en las instituciones.

Esta semana hemos asistido a situaciones que deberían marcar un antes y un después, se ha cruzado otra línea roja. Los ataques sufridos por periodistas de TVE y de otros medios mientras cubrían las manifestaciones del pasado 2 de septiembre tienen una especial gravedad. Fueron insultados, rodeados, amenazados, golpeados y agredidos por manifestantes en cuyos rostros y comportamientos solo se veía ira y descontrol, se veía odio. El objetivo eran las y los profesionales de la información que estaban allí para informar, si bien para quienes les atacaban eran “títeres” de esa televisión que PP y Vox llevan tiempo señalando como «la televisión de Pedro Sánchez». No eran personas, eran “títeres”, los habían deshumanizado, se hablaba desde el odio y con odio.