Tiene razón mi amigo Giorgio en su columna última. Agamben historiza la noción de nihilismo en tres momentos del siglo XIX: Stirner, Dostoievsky y Nietzsche. El nihilista es quien «ha fundado su causa en la nada», es decir, un ser en quien la disolución de toda fe y de todos los valores ha alcanzado su forma extrema. Por supuesto, para Dostoievsky y Nietzsche esa figura es al mismo tiempo una amenaza y una promesa (de transformación, de huida de un suicidio masivo y colectivo). Eso, claro está, podía pensarse en el siglo XIX y en el círculo de las personas más avisadas y con mayor penetración perceptiva. Incluso en el siglo XX el nihilismo encontró en algunos teóricos (atentos a las ideas de las vanguardias históricas) posibilidades revolucionarias (como creía Benjamin, para quien el nihilismo puede convertirse en el fundamento de una nueva política). Pero luego, como los grandes relatos de emancipación colectiva, los grandes movimientos de protesta y las utopías dichosas, todo eso se disolvió en el nihilismo plano e indiferente con el que lidiamos. Es esta nada cotidiana y normal la que debemos enfrentar.

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