Diego Nicolás Alonso y Buhari Bolaji |
Nairobi/Lagos (EFE).- Unos 180.000 africanos repatriados este año desde Sudáfrica por ataques xenófobos regresan a sus países, pero la mayoría lo hacen sin trabajo, sin bienes, con familias partidas y la sensación de que una frontera africana les arrancó la vida que habían construido durante años.
En Nairobi, el joven keniano Baylian Wambugu intenta organizar a cerca de 500 compatriotas que, como él, están afectados.
En Nigeria, el tendero Emeka Okoro limpia el polvo de unos cargadores de teléfono en un suburbio de Lagos después de perder la tienda de ropa de segunda mano que levantó durante quince años en la provincia sudafricana del Cabo Oriental.
Wambugu, que vendía aparatos electrónicos en Sudáfrica, confiesa a EFE que «la situación se volvió muy grave cuando te das cuenta de que ya no puedes hacer nada con tranquilidad. Y la tranquilidad es una de las cosas más importantes para cualquier ser humano».








