Laura García, jugadora de boccia.Foto: Antonia Villalba Reyes

La lengua se mueve hacia arriba. Es la señal para subir la rampa. Laura García mira la distancia y la estudia durante unos segundos. Después, ese órgano que tiene 16 músculos se mueve hacia la derecha, como si un hilo lo jalara en esa dirección. Los movimientos son fuertes, bruscos. Frente a ella —y dándole la espalda a la cancha— está su entrenadora, quien también es su madre: Ana Cecilia Aponte. En cuestión de segundos, porque el tiempo para ejecutar la jugada se agota, coge un esférico de cuero rojo y a su vez toma la rampa, la levanta y…