3 de septiembre, 2026 - 08h00Como las personas, la ciudad tiene rostros, facetas, personalidades, con modulaciones que son como la geografía, como las lomas, como los matices que impone la cordillera. Tiene gestos amables y semblantes agrios, horizontes luminosos y celajes sombríos. La ciudad de campanarios, rascacielos, parques y suburbios es como la gente, voluble, diversa, contradictoria. No es una: son varias. Son muchas las caras, innumerables los tonos, impredecibles las perspectivas.Por la geografía rota sobre la que se asienta, por ese acertijo de valles y quebradas que le marcan, Quito, a diferencia de otras capitales, es un rompecabezas de barrios que ni la modernidad ha logrado eliminar ni el cemento ha podido sepultar. Y, probablemente por esa misma razón, la ciudad no es predecible. Al contrario, es siempre una sorpresa. A veces silenciosa, se somete a las circunstancias, vive entre sobresaltos y silencios, y, de pronto, es rebelde, intransigente, afirmativa, como en los tiempos de las alcabalas y los estancos, o en los más recientes de vergüenzas nacionales que terminaron en turbulencias y derrocamientos.El rostro más conocido, el estereotipo de la ciudad, es el de los campanarios y conventos. Ese es el más noble, el que determina la personalidad de Quito como capital, como evidencia de que ella y el país que preside vienen de antiguos ancestros, de la visión conquistadora y colonial, de la incorporación de lo indígena y andino en el mestizaje, que es su virtud y su signo. Vivimos, aunque se ignore o se reniegue, a medio camino entre lo andaluz y lo incaico. Hablamos un español saturado de quichuismos. La gente del pueblo le reza a Jesús del Gran Poder, que es, a la vez, el ícono de los toreros. Esa imagen es el “patrono ideológico” de un Quito que expresa así su identidad, hecha con los valores, las afirmaciones, las nostalgias y las derrotas de los vencedores y de los vencidos, y de los nietos de todos ellos.Pero Quito es mucho más. Es una ciudad en expansión, con rascacielos que remontan las colinas, con autopistas que rompen las limitaciones de las cuestas. Es, además, una urbe saturada que no tiene a dónde crecer, que ha roto los cánones municipales y las estrechas visiones burocráticas, y que le ha quedado grande al poder. Quito, muy lejos de la conventual y prestigiosa capital, es también un problema cotidiano; es un tumulto que no tiene respuesta, un conglomerado con antigua administración casi provincial y siempre incompetente; es un infierno de tráfico y contaminación. Es, a la vez, un parque arreglado con primor, una modesta casita de clase media, un rascacielos de dudosa belleza, y un espacio librado a la inseguridad y la violencia, un ogro que conspira contra transeúntes y viejos. Es el moderno centro comercial y el barrio pobre. Es el pordiosero y el informal, el ejecutivo y la modelo. Es como la humanidad. Esa es la ciudad que tenemos.Y esa ciudad absurda nos impone la necesidad de una administración que la comprenda, que trabaje en su beneficio y deje de ser esa instancia burocrática y refugio de la politiquería . (O)
Fabián Corral B.: Los rostros de la ciudad | Columnistas | Opinión
Esa ciudad absurda nos impone la necesidad de una administración que la comprenda, que trabaje...







